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La mirada de un argentino que vive en Brasil sobre los disturbios

Francisco Gozzi es un experto en números, álgebra y geometría. Es licenciado en matemáticas con actividad de posgrado y doctorado que se radicó en Brasil hace más de una década. Se dedica a investigar y es docente de la Universidad Federal ABC en San Pablo, donde publica papers internacionales.

Francisco Gozzi martes, 10 de enero de 2023 · 17:00 hs
La mirada de un argentino que vive en Brasil sobre los disturbios
Foto: Noticias Argentinas

Amanece en Brasilia y una multitud se concentra en la Plaza de los Tres Poderes, la policía controla los accesos y la masa corre lento llenando cada espacio a tope, primero la plaza y luego el parque que sigue del otro lado del Congreso. Es el primer día del año y la multitud, estimada en 300 mil asistentes, concurre a la asunción presidencial de Lula Da Silva en un tono verdaderamente festivo.

Nadie hubiera imaginado entonces que, apenas una semana después, el pasado domingo 8 de Enero, estaríamos lamentando los hechos de una manifestación mucho menor, de apenas 10 mil personas, que logró invadir simultáneamente los palacios presidencial, del Congreso y de la Corte Suprema. Y sin embargo, fue así como en la misma plaza, que es la sede simbólica de la República, los manifestantes vestidos de verde-amarelo marcharon con proclamas antidemocráticas, exigiendo desconocer las últimas elecciones, pidiendo un golpe militar, acusando a jueces de la Corte Suprema y defendiendo al expresidente Jair Bolsonaro. Lo que siguió fue vandalismo puro, transmitido en vivo por la televisión ante la mirada estupefacta de todos y frente a la falla inexplicable o criminal de las fuerzas de seguridad y de las autoridades políticas del distrito federal. Vandalismo y caos que destruyó oficinas de gobierno, objetos históricos y obras de arte. Una imagen dantesca que puede ser equiparada a aquella toma del capitolio americano de comienzos del 2021, cambiando el folklore popular de los apoyadores de Trump por aquel de los bolsonaristas. 

Y no es casualidad, los expresidentes Trump y Bolsonaro comparten simpatías y tuits, método comunicacional y financiamiento, y una vaga noción de ideología conservadora pero populista, de cariz religioso evangélico neopentecostal, con desprecio a las instituciones republicanas, a las minorías, y orgullosa en sus diversas posturas negacionistas. Negacionismo sanitario, por dar un ejemplo, que al minimizar la gravedad de la reciente pandemia de coronavirus contribuyó decisivamente a sus respectivas derrotas en las urnas frustrando sendos intentos de reelección.

Es así como las protestas de este domingo pasado pueden ser enmarcadas como consecuencias trágicas de un modo de vivir la política negando la posibilidad de la alternancia democrática y la validez de elecciones libres, celebradas sin sombra de duda sobre su legitimidad. Al mismo tiempo, se trata de manifestaciones imprevisibles y de carácter casi terrorista, pues carecen de autores institucionales claros, de una convocatoria pública, y se infiere que son parcialmente organizadas vía mensajes privados de WhatsApp o Telegram y distribución de fake news. Sus líderes políticos son vitoreados por la turba mientras ellos mismos desconocen los hechos y se apresuran a dar excusas de lo ocurrido sin emitir jamás un mensaje conciliatorio que restablezca la normalidad de la vida democrática, comenzando, como mínimo, por reconocer explícitamente su derrota en las elecciones. 

Por último, el gobierno entrante de Lula Da Silva se ve fortalecido políticamente al conseguir intervenir la Secretaría de Seguridad del Distrito Federal y cosechar apoyos políticos de todo el arco político brasileño así como de la comunidad internacional. En paralelo, se destaca la prontitud democrática del juez de la Suprema Corte Alexandre de Moraes por su accionar de los últimos meses que, en esta ocasión, dictaminó de modo asertivo la suspensión del gobernador de Brasilia por 90 días.

Esperemos que la política no se reduzca al mero choque de minorías radicalizadas, incapaces de dialogar entre sí y que, en su afán por el poder, acaban generando una grieta donde todos pierden.

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