No hay peor ciego que quien no quiere ver

No hay peor ciego que quien no quiere ver

En Argentina, ocho millones de personas van a Lujan cada año. Cestos enteros de pedidos dejan corazones llagados a los pies de la Virgen. Angustias, enfermedades, pedidos de trabajo, salud, prosperidad. Incontables recodos escondidos en el corazón hay para pedir soluciones.

Felipe Manuel Yofre

Yo no soy la excepción. Hace 36 años voy ininterrumpidamente a San Nicolás de los Arroyos, ya que la Virgen del Rosario ha conquistado mi corazón. He ido caminando desde Buenos Aires varias veces. Durante el mes de Agosto volví como tantas veces. Con la mochila cargada con algunos agradecimientos y decenas de pedidos. Como tantos, con algo de sombra en mi interior.

La situación del país, ese tema laboral que me aqueja, etc, etc. En la puerta del Santuario, desde que tengo recuerdo estaba un cieguito, pidiendo limosna. El mismo gesto. La misma postura. Mirando sin mirar el horizonte y un movimiento corto de una de las manos en señal de pedido.

Cientos de veces lo he visto. Nunca le he hablado. Hasta ese fin de semana de Agosto. ¡Buenas tardes! ¿Cómo esta? Pregunté.-
¡Muy bien! Me contestó. Me sorprendió lo que me dijo, pero sobre todo como me lo dijo. Allí me detuve. Nunca le había hablado. Quise averiguar como un ciego, que hace años que está allí puede contestar de esa manera. Entablamos un dialogo. Se llama Eduardo, hace 33 años que está los fines de semana en la puerta del Santuario. Ciego de nacimiento, con sus padres ya muertos vive en un asilo de ancianos.

Me cuesta imaginar una rutina más aplastante. Pero me contestó que estaba ¡Muy bien!. “Y claro, tengo donde vivir al calor, me mantengo con lo que las personas buenas me dan, tengo un plato de comida y vivo con gente con la que converso. "La Virgen me ha cuidado”.- Cabe aclarar que desde la calle, donde está siempre Eduardo, hasta la entrada del Santuario hay cerca de 20 metros lineales y unos pocos escalones. Demasiado lejos para todo lo que como un rayo pasó en mi interior.

¿Yo me quejo de mi cotidianeidad? ¿Mis problemas laborales? ¿Esa tristeza rutinaria a la cual no le puedo encontrar su origen, pero está? Y además humedece de oscuridad mucho de lo que hago y lo que transmito. Cuantas veces no me devoro la vida sino que simple y tibiamente dejo que el tiempo transcurra entre quejas por lo exterior y excusas a mi mediocridad.- En lugar de ver la inmensidad de dones que recibo, dejo el acento en esas manchas de humedad que no debieran para nada opacar el enorme castillo de afecto y regalos que se me ha confiado y se me confía todos los días.-

Gracias Eduardo por tu testimonio.

Llegué a la puerta del Santuario y me limité a solo agradecer y pedir una sola cosa: Que se me curara “mi ceguera”.

* Felipe Manuel Yofre es abogado y escribano. Padre de 8 hijos.

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