Mapa de la crisis argentina: por qué habría que imitar el modelo mendocino

Mapa de la crisis argentina: por qué habría que imitar el modelo mendocino

Es decisivo utilizar las herramientas que la tecnología pone a disposición en cuestiones en las que nos jugamos la suerte como nación, como en la educación y la promoción social.

Alejandro Perandones

Alejandro Perandones

Hace poco más de una semana el sistema escolar mendocino fue noticia. El gobernador, Rodolfo Suárez, y el Director General de Educación, José Thomas, explicaron ante los medios una característica que diferenciaba a la provincia de la mayoría de las jurisdicciones del país. Mendoza no solo pudo retener la matrícula escolar durante la cuarentena (sinónimo de apagón educativo en demasiados lugares) sino que logró aumentar el número de estudiantes de la secundaria. Precisamente, el nivel más afectado por la deserción. Suárez no guardó el secreto; el alentador dato fue el fruto de “los esfuerzos por acompañar las trayectorias, sumado a la posibilidad del seguimiento nominal de cada uno de los estudiantes”.

¿Qué es el seguimiento nominal? Simple: ponerle nombre y apellido, una historia, a cada acción del Estado. Alguien no iniciado podría pensar que esto supone esfuerzos y desembolsos mayúsculos aunque, en realidad, racionaliza el uso de los recursos y optimiza resultados. No es un concepto original, todo lo contrario. La novedad es haber podido vencer la resistencia y llevarlo a la práctica.

Durante la gestión educativa 2016-2019 de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires hubo intentos para alcanzar la nominalidad en el Servicio Alimentario Escolar. La idea de fondo residía en suponer que un chico que requería asistencia a la hora de comer, seguramente, tenía en su entorno familiar otro conjunto de necesidades que debían atenderse. Por supuesto, lograrlo también definiría con claridad el número de alumnos amparados por la cobertura. Esa precisión fue la sentencia fatal para la iniciativa, ya que terminaba con los cupos vidriosos que ocultan irregularidades de un amplio sector de personeros que vive parasitando flujos asistenciales distribuidos “a ojo”, sin más exactitud que estimaciones contenidas en declaraciones informales.

El producto de eso es fácil de adivinar. Las familias de los estudiantes que necesitaban comer en la escuela no tuvieron ayudas para las necesidades adicionales y los chicos tuvieron en sus platos propuestas de peor calidad que la pagada por el Estado. Los que salen ganando con este tipo de maniobras no salen en la foto pero sí logran multiplicar sus voces que piden cada vez más y más presupuestos de los que cuelgan sus chiringuitos perfectos.

A este ejemplo lo podemos extrapolar a un sinnúmero de áreas. La resistencia tiene en todas ellas un factor común: evitar el dato duro. Todo intento de buscarlo es rápidamente tildado de “estigmatizador”. Recordemos la oposición salvaje a las evaluaciones educativas (a los paros lanzados sobre la fecha de la prueba se le sumaron sabotajes a las cajas contenedoras de los cuadernillos), trabas en el acceso a la información pública o la manipulación de los datos censales para inflar artificialmente la población de los barrios populares de La Matanza, entre tantos casos. 

La educación proporciona otro caso inspirador, las escuelas FARO. Se llamó de esa forma a los establecimientos educativos del país que necesitaban más apoyo, algo que se determinó a partir de los resultados de Aprender. En general, se trata de escuelas que contienen comunidades vulnerables. Sobre ellas se desplegó toda la batería de recursos disponibles, tanto materiales como pedagógicos. Las evaluaciones siguientes mostraron un panorama alentador: esas escuelas tuvieron un desempeño por encima de la media nacional. ¿Qué significa? Que es posible vencer las barreras de contexto, pero para hacerlo fue imprescindible un Estado inteligente para invertir y diseñar política pública basada en evidencia: nominalidad.

En la asistencia social vemos la reproducción del esquema viciado. Lo que descaradamente negocian los que usufructúan la innecesaria tercerización de la asistencia es un número general, un paraguas del que el Estado pierde noción de lo que hay debajo. Es una concepción opuesta a la personalización. En el Potenciar Trabajo, por citar solo uno de los tantos planes, no se distinguen lugares de actuación, niveles educativos, composición familiar ni edades de los destinatarios, ¿qué puede salir mal? Todo. No hay nada más lejano al concepto profundo de “desarrollo” que ese mecanismo. Con suerte (y a veces ni eso) los beneficiarios logran, apenas, una triste supervivencia.

El mismo obstáculo aparece a la hora de resolver uno de los grandes problemas de nuestra macroeconomía, como son los subsidios a las tarifas de los servicios públicos aplicados indiscriminadamente. De esa forma, se licúan fondos públicos para sostener consumos de clases acomodadas y, cuando se esgrime algún tipo de segmentación, se cae en un corte grueso, geográfico, en prejuicios o hasta en castigos electorales, algo común en el conurbano bonaerense al momento de definir las tasas municipales.

Sin embargo, el mundo en el que nos movemos está formateado, cada día más, por la proyección de nuestros gustos, por el patrón escondido en nuestras elecciones cotidianas. La segmentación precisa y sutil no solo es posible, ya determina un gran porcentaje de los consumos materiales y culturales.

¿Quién aceptaría pagar por cualquier plataforma, digamos de cine, series o de música, en la que no hubiera posibilidad de elegir la lista de reproducción? ¿Quién quiere ver la misma película que su tía? “Spotify te conoce más que tu vieja”, leí hace un tiempo en redes. Estoy de acuerdo, y no pienso que eso sea malo. Personalmente, los algoritmos me permitieron conocer artistas y propuestas a las que jamás habría llegado a tientas. En internet elegimos áreas de interés, recibimos noticias y avisos ligados a nuestras búsquedas y nos vinculamos con sujetos con los que compartimos aficiones. En las bases de datos están desde los recorridos que hacemos en transporte público, los puestos de peaje que atravesamos y  hasta la dosis de vacuna que nos falta, y de qué laboratorio. Los partidos políticos, estudiando la composición de los padrones de cada mesa y el domicilio de los electores descubren la probabilidad de contar con el voto de cada manzana. Grandes volúmenes de datos son analizados en breve tiempo y sus conclusiones son alcanzables con facilidad en formatos amigables.

En el argot marketinero, “customizar” un servicio o un producto es adaptarlo a necesidades o gustos de cada persona. Es tener en cuenta los atributos diferenciales de, casi, cada individuo. “Clientelizar”, entre nosotros, significa exactamente lo contrario. Diluir toda diferenciación, meter todo en la misma bolsa, ir al bulto, generar masa. El paroxismo de la nominalidad es el ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos; el de la clientelización es el colectivo uniforme y manipulable, funcional a intereses políticos o económicos.

Es decisivo poner a favor las herramientas que la tecnología pone a disposición en cuestiones en las que nos jugamos la suerte como nación, como en la educación y la promoción social.

*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.

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