Malas compañías: el frío y los oficios de la calle

Malas compañías: el frío y los oficios de la calle

La llegada del invierno a la ciudad impacta especialmente en quienes trabajan a la intemperie. Cómo afecta el frío en su actividad y en sus vidas.

Alejandro Perandones

El invierno llegó en mayo a Buenos Aires y no se habla de otra cosa. En las oficinas, en las colas de cualquier trámite, en los transportes públicos y hasta en los ascensores de los consorcios de pocas palabras hay un tema excluyente: no se aguanta el frío. Tal vez sea la falta de costumbre, porque es el primero del año y nos agarra desprevenidos, o la sudestada, o todo a la vez. Hasta un locutor radial avezado aseguró que por la mañana del pasado martes helado cayó una delgada nevisca.

Pero para algunos el frío no es un lugar de tránsito, es la estación de llegada. Son muchos: policías de calle, repartidores, empleados de lavaderos de autos, entre otros oficios. ¿Cómo se preparan para un día así? ¿Cambia algo la actividad?

“Es lo mismo”, me dijo un muchacho muy alto que se llevaba un par de cajas de empanadas y los cartelitos con las direcciones de entrega del mostrador de una esquina de Boedo. Un agente de policía opinó en sentido contrario: “Y… no te lo sacás con nada. La ropa en realidad mucho no cambia. Bah, la campera sí, pero después es lo mismo. Lo que podés hacer es abrigarte debajo del uniforme, pero arriba no te podés poner nada que no sea de la fuerza”. Estuve tentado de preguntar si es abrigado el chaleco antibalas, pero no me animé.

“En Berazategui hace más frío”, me aseguró un chico mientras escurría la rejilla con la que secaba el capot de un taxi. “Sí, soy de allá, pero no me sale nada y mi primo -ese de campera negra que está ahí- me consiguió esto. Tomo algo hasta Puerto Madero y de ahí el semi-rápido a Hudson. Hace un mes que estoy. Sí, ya le tomé la mano. Me la arreglo bien. Me gustaría que acá hubiera una estufa y una cocina. Pero bueno, tenemos que seguir con lo que podemos. Venimos por las propinas, el sueldo es bajo. No, no hay más pesos por el frío ¿Si cambia el horario? No, tampoco. Acá de 20 a 8 de la mañana hacemos. Equipo de agua no dan, nos abrigamos con lo que traemos. Siempre sale muy fría, pero es bravo a las 5 o 6 de la madrugada, cuando lavamos casi solo taxis. A esa hora no sentís las manos. Mirá cómo se me ponen estos callos”, dejó por un segundo la rejilla y mostró los dedos con sabañones.

“Los comercios te dan una mano. ¿Ves la pizzería? Los tengo desde que estaban en Rivadavia.  Ahí sí nos ofrecen un vaso de agua, una porción de pizza. Pero los vecinos, aunque muchos me conocen desde hace varios años -porque yo antes era de la Comisaría Décima y la zona llega hasta acá-, es raro que te den algo. Igual, atendemos todas las paradas. La jornada no cambia por el clima. En la semana hacemos 8 horas, dividimos el día en tercios. Los fines de semana en mitades de 12. Y sí, es mucho, pero es la profesión que elegimos”, se resignó. Un segundo después, un auto dobló despacio en la esquina, tocó bocina y lo saludó por el nombre, rescatándolo.

“Mucho no le puedo contar porque tengo tres pizzas en la caja pero, sí, es bravo. Me pongo dos pantalones, una camiseta térmica, dos cuellos polar, buzo y la campera. ¿Más propina estos días? No, solo muy pocos. Guantes no puedo usar, por el tacto para la plata. Me tengo que ir, jefe”. Los habitués de la pizzería de la curva recuperaban movimientos. Después de un sorbo al sifón que también viajaba en la caja de pedidos se puso el caso y aceleró hacia el cliente, que seguramente había planeado cenar después del partido de Boca en la Libertadores.

*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.

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