El teatro griego donde cobra vida el bucle temporal del “efecto marmota”

El teatro griego donde cobra vida el bucle temporal del “efecto marmota”

Bajo un cielo amenazante, comienza a poblarse el Fran Romero Day, ese espacio en el que todo suceso parece calcado de vendimias anteriores. Un loop o bucle temporal en el que, gustosos, los mendocinos nos regodeamos cada año. Aquí, lo único que permanece es lo que no cambia.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

unaranjo@mdzol.com

Dicen los orientales que leyeron a Heráclito que lo único que permanece es el cambio, pero esta sentencia es incomprobable en la inalterable, impasible y homogénea Vendimia que se lisonjea, cada marzo, en Mendoza, Argentina, planeta Tierra.

Estacionamos el auto y vamos caminando hacia las gradas del circo. Es temprano, está comenzando a atardecer, pero nadie parece advertirlo. En torno, hay clima de fiesta, bajo un cielo que amenaza con resolverse en lluvia, como en aquel poema de Antonin Artaud.

Repitamos: otra vez, como en cada inicio de marzo, en Mendoza, Argentina, se vive una de las fiestas de la vendimia más importantes del mundo, tan importante que nadie corre el riesgo de salir de sus casillas o puede que no viva para contarlo.

El protocolo fijado es la biblia de los anfitriones y hasta las plantas de los cerros parecen haber salido a barrer sus veredas y lustrar cada piedra. Estamos de fiesta, está claro, y nada puede salir mal, aunque, nunca nada será extraordinario

En el teatro griego Frank Romero Day, todos y cada una saben el rol que deben asumir, pues así sucede con las celebraciones clásicas: saben los vendedores qué productos son los más gustosos del público, sabe el público local que es anfitrión, sabe el foráneo sobre la distinción del evento, saben los policías y acomodadores de autos que prima la gentileza, saben los técnicos que dejaron todo listo, saben los funcionarios hasta qué punto obtener réditos, saben las reinas que son parte del decorado y saben los artistas que, esta vez en el año, habrán de inclinar sus talentos ante la tradición, que no carece de talento, pero es vasta en constancia. 

Repitamos: con cada quien en su lugar y con su sonrisa en su lugar, ya se vive la previa del Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia, en el teatro griego que, en una hoyada jubilosa, se ubica a espaldas del Cerro de la Gloria. 

Las uvas del tiempo... 

Da gusto ver cómo suben las familias con sus bolsos con comidas y bebidas, las delegaciones municipales imitando a barras bravas a favor de alguna señorita que, hasta ayer nomás, se aburría a toneladas en las idénticas siestas mendocinas y, ahora, recibe de funcionarios, turistas y periodistas un trato fingidamente majestuoso. Así será hasta el día siguiente en que se apaguen las luces y vuelvan las siestas a lamer su hocico como elefantes de arena. 

Sin embargo, hoy no es el caso: el cielo cerrado sostiene sus amenazas de tormenta y el clima festivo se despliega con naturalidad colorida. 

Repitamos: hay fuego en las parrilladas de chorizos, hielo en las heladeras con más cervezas que vino, sánguches de milanesa en los tuppers, sirenas policiales histéricas sin propósito, promotoras encantadoras vendiendo el mismísimo paraíso y empleados que van y vienen con órdenes precisas. En el palco de prensa, los periodistas lucen cansados, pero de buen ánimo y, en el palco oficial, ya se acercan algunos cuatro de copas a los que nadie silbaría, porque no se los conoce, mientras los figurones políticos esperan a último momento y, con luces, apagadas, para meterse en la fiesta ocultos y presurosos, como terroristas suicidas en el templo del enemigo.

"El día de la marmota", hermosa película. 

Esta es la crónica ordinaria de un espacio detenido en un lapso fabricado en serie: es presente, pero también es pasado, un loop temporal, un “efecto marmota”, que, cada inicio de marzo, ofrece la misma ceremonia discretamente jubilosa, igual pero distinta, y, por lo bajo, plena de artimañas, desenfadadamente política, litúrgica y comercial. Y todo en nombre de lo que somos, para darle carácter de sagrado: si las piedras llegaron tan lejos, sólo es cuestión de imitarlas. 

En fin, repitamos: así somos los que somos al pie de la cordillera de los Andes: laboriosos, conservadores, moderadamente salerosos, calculadamente festivos. El show de Truman está por comenzar y Dios tiene presta su máquina de humo y Zeus su mítico rayo. 

Vomitemos de una vez por todas el invicto inicio: “Dicen los orientales que leyeron a Heráclito que lo único que permanece es el cambio, pero esta sentencia es incomprobable en la inalterable y homogénea vendimia que se lisonjea, cada marzo, en Mendoza, Argentina, planeta Tierra. 

“Estacionamos el auto y vamos caminando hacia las gradas del circo. Es temprano, está comenzando a atardecer, pero nadie parece advertirlo. En torno, hay clima de fiesta, bajo un cielo que amenaza con resolverse en lluvia, como aquel poema de Antonin Artaud”… 

Ulises Naranjo

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