Un vínculo de hermandad que trasciende cualquier discapacidad

Un vínculo de hermandad que trasciende cualquier discapacidad

Caro tenía 26 años y se venía cargando a sí misma, como ella dice. La vida le regaló una hermana que le mostró el camino para reencontrarse consigo. Sin banderas de inclusión, la relación de Caro y Pauli es expresión de lo que nos puede revelar la discapacidad.

Giza Almirón

Giza Almirón

“Reconozco que nada es casual, la vida tiene un hilo conductor”, así arranca Caro a contar la historia de cómo se conocieron con Pauli, en noviembre de 2009, cuando ambas tenían 26 años. Caro estaba atravesando una intensa búsqueda espiritual, con una fuerte sensación de no encajar en ningún lado. “Era incómodo ser yo. Me venía cargando a mí misma, intentando resolverme de mil maneras. Desde espacios terapéuticos hasta búsquedas vocacionales. Ya no sabía qué más buscar ni por dónde. Decidí dejar mi trabajo, hacer un movimiento más radical”, cuenta esta joven oriunda de San Francisco, Córdoba.

Pauli, Caro y algunos de sus amigos y amigas

En este contexto de una estabilidad emocional muy frágil y agotada de sí misma, Caro decidió ir al Cottolengo a vivir un tiempo como voluntaria: “Me mandaron a un hogar donde estaba Pauli, con otras casi 30 chicas”. Pauli nació con una discapacidad motriz e intelectual en el hospital Pedro de Elizalde (ex Casa Cuna) y a los 7 años fue destinada al Cottolengo de Don Orione, en la localidad bonaerense de Claypole. No se sabe nada acerca de su familia, pero en la institución siempre la tienen presente y hacen memoria agradecida de su mamá y su papá.

Sin participación de los espacios comunes ni autonomía, Pauli estaba bastante aislada en el hogar, sujetada a un barrote para evitar que moviera su silla de ruedas y se lastimara. Sin lenguaje verbal, su forma de visibilizarse era estirar su mano y “atrapar" a quien pasara a su lado. Eso le pasó a Caro: “Me atrapó y yo tenía necesidad de ser atrapada. Ese fue el momento fundante de la relación, donde algo se detuvo. Y supe que ahí me tenía que quedar, no entendía mucho”. Ese fue el instante sagrado de conexión, el primer paso de este vínculo de hermandad que la llevaría a un camino de plenitud.

Con Julia, auxiliar del Cottolengo que la ha mimado mucho en su paso por el hogar

Desde el silencio de su silla de ruedas, Pauli habilitaba algo novedoso: "No tenía que reflexionar de la vida porque a ella no le interesaba nada de lo que yo ‘sabía’”. Caro habla de las cualidades que necesita la vida para despertar: un contexto cálido y de quietud. La joven cordobesa menciona lo que esta hermana del alma le trajo: “Aprendí a jugar, divertirme, pasar el tiempo: lugares absolutamente olvidados en medio de mi conflicto existencial, a los que Pauli me volvió simplemente siendo ella misma, sin intención. Me tomó de la mano y me mostró un modo de existir más pleno. La vida se fue desplegando en esa dirección”.

Caro buscaba su lugar en el mundo y encontró una amiga, una hermana, que la ayudó a desarrollar una versión de sí misma -más completa y real, según sus palabras- que su entorno desconocía. “Todo era límite para mí, ella me reveló la luz que somos. Nunca había tenido encuentros tan profundos con la dimensión espiritual, la vida que nos habita, la presencia del Dios que somos. Así fueron los momentos de silencio con Pauli. Me despertó a una conciencia de lo que verdaderamente somos”, dice quien hoy es su referente afectivo legal.

A medida que su vínculo fue creciendo, que Pauli empezó a ir de visita a lo de su nueva amiga y a formar parte de su existencia, desde el Cottolengo le propusieron a Caro ser su curadora. Ese era el nombre de la figura legal en ese momento, que por la nueva ley de Salud Mental se llama hoy referente afectivo. A quien tiene una capacidad restringida como Pauli se le asigna un sistema de apoyo, donde no hay una sola persona responsable sino un grupo que la ayuda a desplegarse (médicos, especialistas, entorno afectivo). Gracias a su vínculo, Caro tiene la autoridad de comunicar los deseos y expectativas de Pauli, es la responsable de traducirla, como dice ella.

La hermana y la mamá de Caro con Pauli

“Su condición y su experiencia de la discapacidad fue para mí el lugar de revelación. Yo no batallo por derechos e inclusión. Desde nuestra relación despertamos esta conciencia”, dice Caro, quien se siente muy privilegiada de compartir su vida con Pauli y ser "el puente para hacerla presente, para que pueda encontrarse con otros y expandir su don. Donde está, genera algo”. Así también fue su experiencia en el Hogar de Cristo (donde reciben a personas de bajos recursos con problemas de adicciones): “Al pibe que no lograbas tocar o acercarte, al que ni el terapeuta podía hacerle bajar la guardia, lo veías a los 5 minutos tirado en el piso con Pauli o dándole de comer”. Con ella no hay barreras ni amenazas, es la posibilidad de vivir un instante sagrado.

Caro la fue integrando a su entorno y descubrió que “su modo de vivir venía a mostrarnos otra experiencia. A veces me dicen que yo la ayudé a Pauli", en alusión a su discapacidad. Caro le cambia los pañales, le procesa la comida para que pueda tragar bien y la viste, entre otras cosas. Sin embargo, ella no se cree esa idealización que puede despertar su cuidado maternal y afirma: "Yo no hice nada. Sí hay entrega, confianza y tiempo, pero el árbol crece solo, simplemente somos el espacio donde la vida se manifiesta”. Desde ahí, Caro habla del legado que puede dejarles a sus sobrinos a partir de su hermandad con Pauli, “no desde la inclusión de alguien con discapacidad (aunque eso está presente), sino desde la posibilidad de experimentar desde lo más primario una relación simple, honesta, genuina y libre”.

Pauli, Caro y sus sobrinos

Quienes conocen esa hermandad de Caro y Pauli son testigos de lo que puede generar el simple hecho de compartir la vida. “De este recorrido con ella percibo la vida como un acto creativo, donde siempre está la incertidumbre de no saber cuál es el siguiente paso. Pero si hay un sentido, va a aparecer. Hay quienes están queriendo tener el acto de valentía de no responder a los patrones establecidos o caminos asegurados. Yo nunca me imaginé que esta iba a ser mi vida y hoy siento que no podría haber sido otra”, expresa Caro.

La sororidad de estas dos mujeres es un mensaje de fe, esperanza y amor; una invitación a buscar y dejarnos encontrar por aquello que nos habita en lo profundo; una exhortación a despojarnos de nuestras seguridades y abrirnos a la sorpresa; un llamado a crear y honrar nuestra propia existencia. “Simplemente nos recordamos mutuamente que tenemos esta fuerza de la vida. Pauli me recuerda la elección de un modo de existir que no negocio. Me ha mostrado un modo de caminar, en el que la vida se va creando. No sé cuál es el próximo paso, pero sí sé cómo quiero seguir caminando”.

 

Si tenés una historia de vida que querés compartir, podés escribirnos a sociedad@mdzol.com

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?