Educación argentina, bicicleta sin frenos

Educación argentina, bicicleta sin frenos

Nada más excitante y placentero que un paseo en bicicleta, transitando por un paisaje hermoso y con la fuerza de la adolescencia para pedalear, nos sentimos invencibles literalmente, a menos que, nos demos cuenta en plena carrera veloz, que no tenemos frenos.

Mariana Soler

Parece el caso de los alumnos que toman colegios, con toda la fuerza o podríamos llamarle impunidad del “por la edad la ley no puede tocarnos si cometemos delitos” y con el maravilloso empuje del “Si tomás un colegio podés llegar a ser diputada como Ofelia” y con los frenos cortados del “y de última no pasa nada”, porque de todas formas los adultos, los responsables de la educación, los que deberíamos responder por esa generación joven, no reaccionan, no hacen nada, porque no poner un freno es puntualmente no hacer nada y a veces, no hacer nada es casi casi complicidad.

Los psicólogos vienen advirtiendo que los límites en la niñez y adolescencia son la base para una psiquis sana, los límites ayudan al joven a aprender a frustrarse, a saber que no todo en la vida es exactamente como uno quiere y si la vianda no es tan deliciosa como esperaba pues bien ponerse a pensar ¿Qué puedo hacer yo para ayudar a mejorar eso? Utilizando las cualidades, potencias y talentos al servicio de mejorar algo es cuando el joven empieza a sentir que puede ayudarse a sí mismo y a otros, le empieza a encontrar sentido a la vida, muy por el contrario andar sin freno, ver que se puede cometer el delito de usurpación del espacio público mientras los adultos discuten si eso está bien o está mal sólo logra confundir al joven que algún día va a estrellar su bicicleta cuando vea que con la prepotencia no se consiguen trabajos porque los que contratan les tienen miedo a aquellos jóvenes con tendencia a la impunidad, cuando vean que sus padres a quienes tal vez apenas les alcanza el sueldo para llegar a fin de mes van a tener que destinar una parte de su esfuerzo cotidiano a pagar los gastos de la fiesta de toma de colegios que hizo su hijo o cuando vuelvan a la realidad y noten que el tiempo que no invirtieron en estudiar se convirtió en fracaso escolar porque no pasaron los exámenes de fin de año.

La misma ciencia de la psicología nos dice que los límites, esos que deberíamos poner los adultos, aunque nos cueste, son los que nos enseñan a vivir en sociedad, son las pautas de comportamiento que debemos internalizar en la niñez, la adolescencia y para toda la vida y una de las pautas más importantes es no dañar la propiedad común, porque a ellos no les gustaría que un docente les revisara la mochila o mucho menos que tomara sus pertenencias y se las llevara hasta que le den ganas de devolverlas y, en efecto, la escuela es el lugar de trabajo de los docentes, celadores, directivos y peor aún el colegio además de pertenecer a toda la comunidad educativa es un espacio atemporal porque le pertenece a las generaciones futuras también, generaciones de estudiantes incluso que aún no nacen, teniendo en cuenta que algunos de esos colegios tienen cien años o más y su proyección es de muchos años más a futuro.

Nos preguntamos también qué dice la pedagogía con respecto a todo esto y si vamos a la fuente educar tiene dos acepciones, del latín educar es “educare” conducir, criar, darle conocimientos al alumnado o desde otra perspectiva educar es “Educere” educir extraer las mejores potencias de cada alumno, poner en acto sus capacidades, cada uno con sus propios talentos, en cualquiera de los dos enfoques podríamos pensar que ha sido deficitaria esa educación anterior al hecho de la toma ya que un grupo de alumnos ha elegido tomar el camino de la prepotencia, el daño a la propiedad pública, el irrespeto a las autoridades, sin dudas hay adultos que debieron conducir y no lo hicieron, que debieron enseñar, que debieron poner límites y eso no se hizo.

A nivel estatal a las tímidas medidas que tomó el Gobierno porteño de colocar móviles policiales afuera de los establecimientos como para prevenir daños mayores a la cosa pública como así también a los propios alumnos que siendo menores de edad no están al cuidado de padres ni de autoridades escolares, se le sumó una defensa casi surrealista de la Secretaría de Derechos Humanos esgrimiendo que los alumnos están ejerciendo su derecho y solicitando a la justicia que sean retirados los móviles policiales de las inmediaciones de los edificios escolares tomados. El estado nacional esta vez no sólo no está presente haciendo lo que debería sino que redobla la apuesta y se convierte en garante de posibles delitos cometidos por la población y peor aún pone en tensión la legítima autoridad del gobierno porteño, que es el que administra la educación en esa jurisdicción, no queremos pensar que pudieran hacerlo con fines electoralistas ¿o sí?

En fin, adultos que teníamos que poner frenos en la bicicleta para evitar el accidente y no lo hicimos a tiempo, justamente educando para que este tipo de acciones fuera impensables para nuestra juventud o accionando para poner fin a una acción destructiva para los edificios públicos pero sobre todo destructiva para nuestra sociedad donde el respeto está pasando tristemente de moda.

*Mariana Soler  Profesora Universitaria

marianasoler.utn@gmail.com

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