Alejandro, el artesano del cuero que resguarda un patrimonio cultural único

Alejandro, el artesano del cuero que resguarda un patrimonio cultural único

Alejandro Paiva es puestero y artesano del cuero. Vive en Villavicencio, un lugar único en la montaña de Mendoza. Las claves de un oficio que es patrimonio cultural.

Maximiliano Ríos

El hombre tiene 51 años y hace 50 que vive en el puesto Santa Clara, ubicado en la precordillera de Los Andes, cerca de la Reserva Provincial Villavicencio. Se llama Alejandro Paiva, aunque nos cuenta que le dicen “El Guatón” mientras sonríe mirando a su abdomen sin esperar que alguien haga alguna alusión, un rasgo de inteligencia que solo demuestran las personas que saben reírse de sí mismas. Vive con su mujer, Mabel Alejandra Nievas, con la que tiene tres hijos: dos mujeres y un varón, que ya no viven en el puesto pero ”vienen cada tanto a darles una mano”, dice. Ahora los acompañan un yerno, Alexis, y su sobrino Nahuel, quienes ayudan en las tareas del campo: la crianza de chivas, vacas y caballos.

Esta actividad conforma el sustento de la familia aunque con la sequía, que cada año es peor, y los depredadores como el puma, la tarea se hace muy difícil. “Cuando anda la leona con los cachorros te matan una tropillita de quince, veinte cabras porque les enseña a cazar”, se lamenta Alejandro. También los guanacos representan un problema ya que comen el pasto y su raíz lo que hace que la planta no vuelva a crecer. Para combatir las dificultades económicas también reciben a turistas y a amantes de la montaña que van a practicar senderismo. Allí se puede dormir y disfrutar de exquisitos asados y empanadas que ellos mismos preparan. También recorrer el campo a caballo por huellas que se adentran entre los cerros majestuosos.

Pero entre las tareas del campo nos queremos detener en una muy especial que aún no hemos mencionado: el trabajo del cuero, “los trenzados” como le dicen por allí. Una práctica transmitida de generación en generación que sobrevive en los campos del país y que aquí, Alejandro, nos cuenta que lo aprendió de su padre y mirando. “Más mirando porque, vos mirás y aprendés muchas cosas”, reafirma. Al decir esto, entrecierra levemente los ojos y asiente con la cabeza como afirmando una certeza aprendida de la vida.

Con los “trenzados” nos referimos a la confección de diferentes elementos indispensables para el trabajo en el campo como lazos, boleadoras, bozales, riendas, cabrestos, entre otros elementos que se hacen con cuero de animales, principalmente de vaca. La producción de estas piezas que constituyen verdaderas herramientas para el trabajo y la supervivencia, requiere de una aguda concentración, habilidad y paciencia.

Nahuel Aguilera y Alexis Mercado, pelan el cuero de vaca.

Ha que hay que tratar el cuero durante varios días. Se comienza por “estaquearlo” hasta que se seque. Esto es extenderlo en el suelo agarrado de los extremos de manera que no haga contacto con la tierra para que circule el aire durante tres o cuatro días, depende de las condiciones climáticas. Una vez seco hay que pelarlo para después poder cortar “los tientos” que son las lonjas o tiras más o menos finas de cuero para finalmente trenzarlas. De la diferente cantidad de tientos a unir dependerá el tipo trenzado. Podrá ser de 4, 5, 6, 8, 12, y de la forma en que se haga será redondo, cuadrado; la llamada “patria” o la “lomo de yacaré” por dar algunos ejemplos, según nos explican Alejandro y su sobrino Nahuel con una seguridad digna de docentes experimentados pero sin alarde, porque hablan con naturalidad y transparencia, atributos que es común ver en la gente de campo.

Al lugar se accede tomando la ruta provincial 52 desde la Ciudad de Mendoza , luego de unos 30 km. hay que tomar a la derecha por un camino de tierra y andar otros 25 km. más. Al final se llega al puesto que está enclavado entre los cerros y posee dos viviendas, corrales y un bosque de sauces y álamos blancos en donde la tarde, de esta primavera incipiente, se tiñe de un verde tenue que transmite calma y reposo.

Las manos de Alejandro, el artesano del cuero. 

Pero no siempre los días son como esta tarde preciosa que un visitante puede disfrutar plenamente. Vivir allí es otra cosa. El rigor de los inviernos se hace sentir con crudeza según nos cuenta Alejandro. “El verano es lindo porque no hay tanto trabajo, el invierno tenés mucho trabajo porque es cuando las cabras paren. Tenés que andar con nieve, lloviendo, atrás de las cabras. Juntando los chivatitos que no se te mueran”

Detalle de un bozal mientras Alejandro trabaja en otro trenzado 

La tarde ya se termina y Alejandro nos deja para ir a tomar unos mates con sus vecinos del puesto El Carrizal, que recién han llegado de visita y con quienes, asegura, “hay que llevarse bien porque con los vecinos nos damos una mano mirando los bichos, siempre tenemos que andar bien los unos a los otros”. Deja caer este concepto claro de solidaridad con la misma sabiduría con que nos ha explicado las labores del campo y los misterios del trenzado. Quizás Alejandro y su familia no sepan que son portadores de un conocimiento que constituye un verdadero patrimonio cultural y que perdura en el tiempo gracias a personas como ellas.

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