No podemos ir hacia otro fracaso social

No podemos ir hacia otro fracaso social

Hace unos días el Ministerio de Salud lanzó una campaña que busca promover que adolescentes y jóvenes desde los 16 años utilicen métodos anticonceptivos permanentes: ligadura de trompas y vasectomía.

Rodrigo Fernández Madero

Según la cartera de salud, la promoción de estas prácticas se encuentra avalada por el Código Civil, el cual cifra en esa edad el límite a partir del cual las personas son consideradas adultas “para las decisiones atinentes al cuidado de su propio cuerpo”. Desde el principio esta justificación resulta una falacia, ya que ninguna de las operaciones que forman parte de la campaña del ministerio resultan en un verdadero “cuidado del cuerpo”, ya que ni siquiera evitan el contagio de enfermedades de transmisión sexual.

El único objetivo, tanto de la vasectomía como de la ligadura de trompas, es evitar, de forma permanente, la acción reproductiva. Dicho de otra forma, cancelan, de por vida, la posibilidad de tener hijos. Cuesta entender cómo esto cabe dentro de la definición de “cuidado de la salud”. Los embarazos adolescentes resultan una triste realidad que, es cierto, el estado debe actuar para combatir y evitar. Pero, decididamente, esta no es la forma de hacerlo.

Estamos hablando de decisiones cuyas consecuencias son irreversibles y que, por tanto, requieren de muchísima madurez psicológica y emocional ser tomadas. Tomarla le resultaría difícil a muchos adultos (por no decir “a cualquier adulto”). Suponer que cualquier adolescente está capacitado para decidir ser estéril por el resto de su vida es un gravísimo error. Sobre todo, teniendo en cuenta que las campañas oficiales fomentan que los jóvenes accedan a los métodos anticonceptivos de forma absolutamente irrestricta y sin acompañamiento de adultos.

Ni siquiera se les reconoce el derecho a contar con apoyo, guía y consejo en la toma de tales enormes decisiones, solo se les brinda “información” técnica del método que elijan. Con este tipo de iniciativas, el estado continúa profundizando una postura
abiertamente contraria a la vida, considerando a los embarazos (y, por lo tanto, a los niños que nacerían de ellos) como un “problema de salud” que debe ser evitado. Ni siquiera se trata de una cuestión de preocupación por lo que les ocurre a nuestros adolescentes y jóvenes, porque les quita la posibilidad de ser padres en cualquier momento de su vida.

Si el objetivo realmente es evitar la problemática del embarazo adolescente, el foco debería estar puesto en políticas que, cimentadas en valores, fomenten la concientización de los jóvenes sobre la temática. Campañas que eduquen a nuestros adolescentes, no que los incentiven a tomar decisiones que luego los afectarán para toda su vida y de las que, aunque se arrepientan, nunca podrán volver atrás.

De otra manera, solo estaríamos definiendo una política pública con otro fracaso social que afecta a la vida, como el aprobado a fines del año 2020.

* Rodrigo Fernández Madero Director general de Open Group consultores en comunicación

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