El caso de la ruta intransitable que refleja la decadencia argentina

El caso de la ruta intransitable que refleja la decadencia argentina

Se habla mucho de fomentar el turismo nacional pero el país no ofrece la infraestructura vial necesaria para su crecimiento. Rutas obsoletas e inseguras convierten las vacaciones en pesadilla. Los autos deben convivir con camiones para acrecentar los ingresos de Hugo Moyano

Horacio Alonso

Horacio Alonso

Desde hace décadas, la Argentina vive un proceso de atraso y decadencia. Hay distintas formas de medirlo. Los indicadores económicos básicos es la manera más seria y precisa de hacerlo. Son un termómetro de la realidad económica y sirve para realizar comparaciones y evaluar su evolución.

Sin embargo, hay otros mecanismos para tomar conciencia del estado del país que no requieren de profundos estudios ni de especialistas. Es una simple comprobación que puede hacer cualquier ciudadano con observar su entorno y contrastarlo con lo que sucede en el resto del mundo. Sólo se requiere de sentido común.

En estos meses en los que se habla del boom turístico, de destinos colmados y de millones de argentinos que se movilizan por el extenso territorio, es fácil confirmar el estancamiento nacional por el simple hecho de mirar el estado de la rutas.

En cualquier charla van a surgir ejemplos, según la experiencia de cada interlocutor, de caminos de difícil tránsito. La Ruta 5, la 7, la 8, la 158, la 33, la 34, la 35, la 151, la 205. La lista puede ser interminable. Pero hay una que por su importancia es emblemática: la Ruta 3 que une la Capital Federal con Tierra del Fuego.

Son 3.079 kilómetros de una angosta cinta asfáltica, con una mano de ida y otra de vuelta, en malas condiciones en gran parte del recorrido, en la que deben convivir todos los días autos particulares – en su mayoría por turismo – con camiones de alto porte. Transitarla en cualquier momento del año y, más aún, en época de gran demanda es una ruleta rusa para las personas que se aventuran a ese desafío. Tanto sea por trabajo, como por ocio.

Sólo un corto tramo, a la salida de la ciudad de Buenos Aires, es autopista. El resto parece una película vieja que puede remontarse a los años 70, 60 o más atrás. Para ser precisos, la red vial fue diseñada en 1930. No condice con la potencialidad del país ni la importancia de la región que une. Atraviesa una de las principales zonas cerealeras del país y lleva y trae mercadería del empresas que cuentan con promoción industrial en Tierra del Fuego.

Una vez que se abandona el corto tramo inicial de autopista se ingresa a un recorrido de cerca de 300 kilómetros en medio de pueblos y ciudades que obliga, en muchos momentos, a circular a velocidades de 40 km/h o menos. Dependerá de la suerte que se ha tenido en no quedar a la cola de una fila de camiones que, uno pegado al otro, hace imposible el sobrepaso en las pocas oportunidades que existe para hacerlo de forma correcta. El exceso de recomendaciones de velocidad, salida de vehículos, ingresos a campos o comercios, no da margen para superar al vehículo que marcha adelante, ya que de la mano contraria también circula otra fila de vehículos.

La Argentina es uno de los países con mayor cantidad de accidentes de tránsito y este tramo está entre los más peligrosos. Un dato: el 66% de las muertes en ruta se producen en las maniobras de sobrepaso. Es cierto que la irresponsabilidad y la impericia de muchos conductores, tanto particulares como profesionales, juega un papel importante en este registro, pero la condiciones de la ruta es una provocación de la tragedia. Hay que tener un temple especial para no estar tentado a realizar maniobras suicidas. Esta claro que con autopistas, en donde los autos y los camiones circulen por carriles distintos, muchos argentinos estarían vivos.

La causa de esta realidad tiene que ver con esa decadencia crónica del país, la falta de políticas estratégicas a largo plazo, de privilegios sectoriales y corrupción.

Hay un criterio en los países que se desarrollan y crecen de apostar al sistema ferroviario para transportar mercadería, cuando se trata de largos tramos. En líneas generales es más económico, ecológico y seguro. Se podría pensar en un sistema mixto en el que el camión complemente al tren.

En la Argentina, en algún momento, se decidió ir contra la corriente. La famosa frase del ex presidente Carlos Menem (“ramal que para, ramal que cierra”), marcó un hito en la materia. El país decidió abandonar un red ferroviaria amplia, acorde al vasto territorio, dejando a su suerte a numerosos pueblos, y se optó por priorizar la mayor parte de la carga a través del camión.

Convirtió al líder del sindicato del rubro, Hugo Moyano, en un hombre poderoso, en todo sentido: en lo político y en lo económico. Es común escuchar que es un gremio que puede paralizar al país. El transporte en camión representa el 85% de la carga que se moviliza en el país. Esto deja en claro que esa frase refleja una realidad. Con Moyano en contra, la Argentina no puede funcionar.
Además de este hecho político, el costo de mover mercadería en camiones le quita competitividad al país.

Desde la advertencia de Menem, los gobiernos siguientes poco o nada hicieron para revertir la situación. En 1998 se habló mucho del Plan Laura, que proyectaba crear una red de 10.000 kilómetros de autopistas. Nada pasó.

En 2011, senadores mendocinos propusieron reflotar la idea de reformular el sistema viales con una red de autopistas, con inversión privada. Hubo otras iniciativas que tampoco prosperaron. Se eligió siempre el camino equivocado. Premiar a amigos, dilapidar fondos y perpetuar rutas obsoletas e intransitables.

Hoy que se habla de fomentar el turismo, es imposible hacerlo con una infraestructura del siglo pasado. Viajar tiene que ser placer y no sufrimiento o estrés. Decir que la Argentina es un país turístico es descabellado ante los ojos de un ciudadano europeo, estadounidense o australiano. No se tratar de ser privilegiados con bellezas naturales. Es mucho más que eso.  Ni hablar que al alejarse de un centro urbano desaparece la señal del wi fi y el turista queda librado a su suerte o que debe recorrer cientos de kilómetros sin una estación de servicio para cargar combustible. Los autos han adoptado el sistema de auxilio temporal que permite recorrer una distancia limitada y a baja velocidad en caso de una pinchadura. Esto, como la conectividad o las autopistas seguras hablan de hacia dónde va el primer mundo que, desde uno del tercero, se ve cada vez más lejos. 

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