La serendipia del dormir

La serendipia del dormir

¿Somos conscientes de la serendipia que se produce con nuestras pasiones y deseos a la hora de dormir?

Sofía Betti

Después de un viaje, llegué a un hospital. Mi primo estaba internado, se había agarrado el bicho. Su mujer tenía un brote de acné por el estrés que le generaba no saber si su marido iba a sobrevivir. Al día siguiente, yo estaba embarazada. Tenía una panza de ocho meses, a punto caramelo. Mi bebé pateaba de una forma constante. Su codo incrustado en mi costilla me dificultaba la respiración. Horas más tarde, me casaba. En la puerta estaba mi papá, esperando para acompañarme hacia el altar. Me agarró frío, encontré un saco colorado y me abrigué.

Es extraño saber que estos tres episodios de mi vida sucedieron en 72 horas. Creo entonces que por esto Montaigne sostiene que la razón nos ordena a seguir siempre un mismo camino, pero las pasiones humanas se pueden dar en libertad para que apresuren o retarden su marcha en el derecho cause. Sin embargo, ¿en qué momento las damos en libertad? ¿Somos conscientes de la serendipia que se produce con nuestras pasiones y deseos a la hora de dormir?

Sostengo que para sumergirse en el mundo de los sueños, es imprescindible entender el deporte del dormir. El diccionario define al deporte como una actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas. También se lo define como recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre. Pero no necesariamente fuera de una habitación.

Las normas de este deporte son claras: meterse en la cama y cerrar los ojos. El cuerpo se sumerge en las sábanas y la mente sabe que entró a la pista. El cerrar de ojos es el gatillo que se suelta para dar inicio a la carrera. Entonces se liberan las pasiones y los deseos, estos compiten entre sí hasta que la mente forma la jerarquía de la noche. Aparece la aurora del inconsciente. Los músculos entran en un estado de efervescencia y solo volverán al cuerpo cuando la mente lo indique, ya sea para sentir la falta de aire por un codo mal posicionado o para llorar la pérdida de un ser querido.

Las normas de este deporte son claras: meterse en la cama y cerrar los ojos.

Todo aquello sucede porque ella estuvo entrenando diariamente. Puso su atención en la letra de la canción de la radio, en los colores de la taza del té, en las ganas de terminar la novela, en el anhelo de un abrazo. Los recuerdos de las vivencias se vuelven epifánicos. Se recrean ambientes y sentimientos, estos se licuan y su desenlace genera sueños etéreos. Terminé La carretera de Comarc McCarthy, quería que la angustia del final se extinguiera en mi cerrar de ojos. Sin embargo, se extendió. Mi mente proyectó una carretera y un accidente que se llevó la vida de mi hermano.

Hasta las últimas palabras de McCarthy fueron tomadas como entrenamiento para la carrera nocturna. Esta mente que se encuentra en una constante maratón, guarda recuerdos efímeros para reproducirlos en la soledad de la habitación. Algunas proyecciones son inefables, ya que no puedo explicar qué hacían en una misma fiesta Justin Bieber, el tigre de El libro de la selva y una catarata del Iguazú. Es entonces, el dormir, un deporte excitante que desordena la razón y libera las pasiones humanas para que estas se reconstruyan en el resplandor de una mente que narra sin descanso.

¿Y la meta?, preguntarán… Entonces les digo que después de encontrarnos en el mundo de lo onírico resta despertar. Desenfundar los pies y conectar con la iridiscencia del nuevo día. Realinear los deseos y las pasiones para comenzar las vivencias diarias. La mente hizo su ejercicio físico y pudo entretenerse con nuestros sentimientos. Al despertar somos capaces de balancear los efectos que el dormir dejó y tomar conciencia de la película proyectada en el inconsciente. Pero, no olvidar, que la mente sigue haciendo deporte.

“No hay narradores porque no hay experiencia”, dice Paula Sibilia, entendiendo que la experiencia es el resultado de la reflexión sobre lo vivido. Sin embargo, las experiencias pueden reflejarse en los sueños, y los narradores pueden ser nuestras mentes. Todo el día captamos nuevas vivencias melifluas para que, a la hora de dormir, se destaque el abrigo colorado con el que dejaste tu casa a la mañana, el codazo del partido de fútbol que te dejó sin aire o el deseo de que tu familia sea eterna.  

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