La mejor semana del año: esa época en la que éramos invencibles

La mejor semana del año: esa época en la que éramos invencibles

La adolescencia y la convivencia en la escuela tiene momentos únicos. Sentirse eternos, cruzar límites y disfrutar. La primavera, la mejor semana del año.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Creo que no me equivoco cuando digo que para todos los que íbamos a mi Colegio, en el Secundario, había un momento del año que era inigualable y que no hubiésemos cambiado por ningún otro. Eran esos días en los que el aire tenía una densidad diferente, lo podíamos sentir en la piel como una caricia tibia, pero sobre todo, en el estado de ánimo: la felicidad nos ocupaba por completo y no dejaba lugar para preocupaciones o decepciones.

Asomaba un calorcito incipiente, que anticipaba que podríamos empezar a usar menos ropa, que reabrían las heladerías -que en esos años cerraban en invierno-; se sentía un olor a azahares, a veces a jazmines, y tal vez a lavanda. Esa fiesta para los sentidos se combinaba con una sensación increíble de invencibilidad, de eternidad; la impresión de que lo único verdaderamente relevante era lo que estábamos sintiendo en ese momento: amor. No importaba si tenía la forma de una persona específica, no importaba si era correspondido, no importaba otra cosa que la felicidad por la llegada de la primavera.

La nuestra era una Escuela renombrada por sus exigentes exámenes para ingresar, por los rituales de sus tradicionales Tribus; pero, sobre todo, por un sentido de pertenencia imborrable que compartimos todos los que alguna vez nos sentamos en esa pared bajita a los costados de su entrada: el punto de reunión obligado para ir a cualquier lado. A todos los que recorrimos esas aulas se nos estruja un poquito el corazón; tenemos que resistir el impulso de entrar a mirar y suspiramos hondo cuando pasamos por ese edificio tan querido.

Fue y es para mí, un lugar único e irremplazable, como sin dudas lo son muchos otros colegios que sueldan vínculos inmortales con sus estudiantes. Como muchos adolescentes recién llegados a un ambiente nuevo, en primer año tuve que hacer un esfuerzo de adaptación extra y sobreponerme a esa timidez, que en esos días parecía no querer desprenderse de mí. Me ayudó mucho el grupo de compañeros divertidos y cálidos que me tocó en primero quinta.

Del mismo modo aprendí a conocer al Vicedirector del turno tarde: una persona extraordinaria. Apenas lo vi mi percepción fue que con él tenía que tener mucha precaución. Era tan serio y riguroso que yo pasaba a su lado pisando suavecito, con un cuidado reverencial. Pero a las pocas semanas de clases esa impresión inicial se evaporó como el verano. Me sorprendió con un trato cercano y cálido. No sólo sabía mi nombre, sino que además estaba al tanto de cómo me iba en las materias, qué actividades coprogramáticas había elegido para hacer los sábados, y cada vez que nos cruzábamos en el patio me hacía algún comentario amable que demostraba que le preocupaba mi bienestar y el de todos los que luchábamos por aclimatarnos a ese mundo nuevo y tan diferente de la Primaria.

Campañas

En ese Colegio teníamos tradiciones maravillosas, costumbres de las que nos sentíamos orgullosos y que adoptábamos desde el primer día de primer año. Montábamos impresionantes campañas electorales y votábamos a nuestros representantes que eran caciques, hechiceros y jefes de consejo. Nos dividíamos en dos tribus; pero para formar parte había que atravesar el necesario rito iniciático del bautismo -que aterrorizaba a los nuevos estudiantes y a sus padres-. Durante los seis años en los que yo estudié ahí dentro hubo al menos un memorable día del egresado; varias competencias deportivas intercolegiales y dos inolvidables festejos espontáneos por el mundial de fútbol -cuando Argentina ganó, en 1986, pero también cuando perdió, en 1990- con suspensión de clases y actividades.

Teníamos también, en aquel tiempo, fiestas, muchas fiestas, que empezaban temprano y terminaban a la una de la mañana, en el mismísimo patio del Colegio. El protagonista absoluto de esas veladas era nuestro disjockey preferido, el que nos acompañaba en cada momento importante de la vida escolar: el Toto, que conocía nuestros gustos musicales como nadie, y lograba que bailáramos todos -hasta los directivos y los profesores que nos hacían el aguante en todas nuestras ocurrencias-.

Dejábamos la vida en la organización de cada una de esas tradiciones -horas y horas de trabajo despreocupado y extremadamente feliz-. Pero había una actividad que esperábamos ansiosos desde el primer día de marzo, la favorita de todos: la semana de la primavera.

La celebración por la llegada de la mejor estación del año incluía algunos rituales que se convirtieron en clásicos y, que si alguna vez peligraban, podían motivar la rebelión de huarpes y pehuenches unidos en malón. Por supuesto que el festejo de la primavera no duraba un día, se extendía durante toda una gloriosa semana que iba de menor a mayor, con diversiones variadas que hacían prácticamente imposible tener una clase más o menos concentrados, o rendir un examen, una lección.

Los primeros días de esa semana increíble comenzaban con música en todos los recreos a un volumen interesante, y la cosa se empezaba a poner cada vez más intensa a medida que pasaban los días. Para empezar había que decorar los cursos para competir por la mejor performance y el mejor tema: no había afiches, papeles de colores, tijeras o voligoma que alcanzaran en todas las papelerías a un kilómetro a la redonda. En paralelo se preparaban y guionaban los sketches -escenas preferentemente humorísticas-, en las que algunos valientes representaban a su curso sobre un escenario que se montaba en uno de los patios y ocasionalmente -si justo tocaba una semana muy fría- en el salón de actos. Cuando parecía que en esos los días ya no era posible incluir más actividades, también se presentaban bandas en vivo -de estudiantes del Colegio- en ese mismo escenario. También elegíamos rey y reina de la primavera, el viernes a la tardecita; un día que queríamos que no terminara porque la semana ya llegaba a su fin. El broche de oro era una fiesta nocturna el sábado, última actividad primaveral hasta el año siguiente.

Las cartas, uno de los juegos de cada picnic.

El clímax de la semana de la primavera era, sin ninguna duda, el pícnic: el momento que esperábamos con devoción y que considerábamos el día más importante del ciclo lectivo. Lo hacíamos cada año en las instalaciones que generosamente nos prestaba la Escuela Pouget, que se ubica en El Bermejo, en Mendoza.

Partíamos en un par de micros alquilados desde la puerta del Colegio, la mañana del 21 de septiembre, con el cargamento de las cosas más importantes que podíamos necesitar: pelotas varias, guitarras, cartas de truco, algún abrigo a lo mejor -si las madres insistían-, diversidad de cremas que ayudaran a acelerar lo más posible los efectos del sol sobre la piel -en nuestra defensa no sabíamos nada sobre los rayos ultravioleta-. Y...siempre, a último momento, tres minutos antes de partir a destino, recordábamos que tal vez sería bueno comer y tomar algo. Un sandwich y algún jugo que encontrábamos por ahí en un quiosco bastaban.

En ese predio maravilloso, plagado de árboles frutales, viñas y flores la primavera se hacía notar en su máximo esplendor. Cuando llegábamos, cerca de las 10 de la mañana, ya estaban preparando el equipo de sonido con el que estudiantes, preceptores, profesores y directivos bailaríamos todo el día, hasta que a regañadientes, subíamos al ómnibus que nos llevaría de nuevo a la realidad, justo antes de que se pusiera el sol.

Desde que salí del Secundario festejé una buena cantidad de días de la primavera, hubieron algunas celebraciones memorables con amigos, con enamorados. También disfruté especialmente de varios recitales de rock que se hacen esos días en Mendoza; pero nunca más sentí esa felicidad absoluta, esa especial caricia del aire tibio en la piel, esa sensación de invencibilidad. Nunca más pude bailar con ese desenfado, con esa tranquilidad de estar entre iguales, y esa certeza de que ningún movimiento era inadecuado.

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