El descubrimiento de un mundo increíble

El descubrimiento de un mundo increíble

Leer y escribir es la puerta de entrada a mundos fascinantes. Una forma de comunicar y hacer perdurar las palabras, ideas y pensamientos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Primer grado en la Primaria significó para mí el encuentro con un universo maravilloso. Ese año, con la señorita Mirta en la Escuela Normal, fue un cataclismo a partir del cual nada volvió a ser como antes y que me cambió para siempre.

Fue cerca de la primavera de 1978 cuando floreció una de las dimensiones más importantes en mi vida: aprendí a leer y a escribir. Es que de niña era muy tímida y las palabras y las letras fueron mi refugio cuando me sentía abrumada por la actividad social a mi alrededor.

La lectura primero y la escritura después configuraron una parte esencial de cómo distribuyo el tiempo de mis días. Las dos actividades -que hago cotidianamente por trabajo y también por placer- me ocupan muchas horas y, desde que sé leer, estoy convencida que un libro es uno de los mejores regalos que puedo hacer y recibir.

De chica era una lectora voraz y leyendo conseguía niveles de concentración que hoy envidio. No salía de mi casa sin un libro, que trasladaba conmigo a cualquier lado -costumbre que todavía conservo. Suele haber uno en el auto y en mi cartera-. Cuando me sumergía en algún relato, y paseaba por un mundo inventado por el autor de turno, me abstraía tanto que no escuchaba cuando me hablaban o me llamaban a comer. Era en esos años cuando con mi prima más cercana nos juntábamos a leer. Leer era el programa, nuestro modo de jugar. Nos unía la sangre, la historia familiar, un cariño a prueba de balas y un amor desmesurado por la lectura -las mismas cosas que compartimos aún hoy-. Nos tirábamos en el piso, cada una con su libro o revista, y podíamos pasar horas leyendo juntas cosas diferentes, con algún comentario cada tanto, y la interrupción necesaria sólo para tomar la leche.

Con la escritura pasó algo similar, pero en menor medida. Escribo cartas desde siempre. Primero las escribía cuando quería mantener correspondencia con alguien que estaba lejos, alguna hermana de mi mamá que viajaban mucho, amigas que se íban a vivir a otra provincia. Eran cartas más formales y que tenían ese propósito que me habían enseñado en la escuela allá por tercer grado; un raconto de actividades y cosas que habían sucedido desde que me separé de la persona que estaba lejos, o un saludo adecuado al día alusivo en el caso del día de la madre o del padre.

A lo largo de los años mis cartas sufrieron una transformación. Se convirtieron en un modo de contacto frecuente con mis afectos más cercanos. No escribía ya para acortar la distancia con alguien, sino para encontrar una intimidad especial, pero sobre todo, otra forma de relación.

Me preguntaba hace poco por qué es una práctica tan habitual y frecuente para mí cuando ya nadie escribe cartas. Hoy, cuando transitamos días en los que la comunicación es instantánea, en esta era de los mensajes de texto, whatsapps, messenger, e-mails, entre otras miles de maneras de llegar rapidísimo a alguien, yo sigo escribiendo cartas, a mano.

Sé que es sin dudas raro lo que hago, o por lo menos extemporáneo, y no tan fácil de explicar. También sé que no es una decisión meditada y sopesada: es un impulso irresistible que sigo porque no me queda otra. Es como tomarme un vaso de agua cuando tengo sed, necesito hacerlo.

Escribo incluso aunque el destinatario nunca reciba la carta. Me pasó con una pérdida muy importante; una amiga, mentora y guía, que se fue demasiado pronto. Fue tan repetina, inesperada y shockeante su partida que me quedé con millones de cosas sin decir, con un atraso de años y años de conversaciones postergadas por un trabajo demandante que me obligaba a posponer lo fundamental en mi vida: los afectos. Después de su muerte me pasé más de una semana escribiéndole una carta en mi cabeza; la escribí y la reescribí miles de veces, y nunca la pasé en limpio en ningún lado, pero fue la única cosa que me ayudó a aceptar que ya no le podría decir más nada. Y a partir de ahí pude confiar que en algún lugar de su corazón las haya sabido, aún sin escucharlas, ni leerlas.

Con mis amigas en la adolescencia usaba las cartas para reflexionar sobre asuntos que nos importaban en esa época y más adelante me animé, incluso, a escribirle una a un chico que me gustaba, para decirle lo que me pasaba con él y que no me animaba a expresar de frente, y mucho menos cara a cara. Salió mal de entrada, debo confesar, esa primera carta, porque no produjo el resultado esperado. Tuvieron que pasar algunos meses más para que nos encontráramos. Esa fue la primera de muchas que le he escrito y que aún hoy le escribo cada tanto.

Muchas veces redacto una carta que me ayuda a ordenar ideas que, en un discurso oral, cara a cara, se me descompaginan, se me deshilachan. La escritura me ayuda a hilvanar todas esos conceptos que quiero decirle a esa otra persona que siempre, sin excepciones, es muy valiosa para mí. No le escribo a cualquiera.

Las cartas son -todavía- una modalidad de comunicación natural con mis afectos. Escribo en fechas especiales: para conmemorar el aniversario de algo que me importa especialmente; un cumpleaños, un año más de un momento estremecedor o inolvidable. A veces -las menos- también cuando me enojé o me decepcioné, y después de un tiempo fui capaz de considerar y sopesar lo que pasó, lo que me hizo sentir, y lo organizo en un texto.

La sensación de recibir una me parece inigualable. Desde el momento en que sabés que alguien te ha escrito y ves el sobre -o la notificación del correo electrónico-, hasta que conocés el contenido, hay unos segundos de anticipación y emoción que son únicos. Leerla tiene, como es razonable, una técnica que garantiza un mejor disfrute. No se debe hacer demasiado rápido. Hay que recorrer las palabras como paseando, sin apuro. Después se impone una segunda lectura, más deliciosa todavía, esa en la que el propósito ya no es conocer el contenido, sino sólo encontrarle el placer a cada uno de los términos que se unen en una frase y que funcionan juntos como oraciones y párrafos. Finalmente, la tercera, busca fijar en la memoria los apartados y frases favoritas.

Una caracterísica de las cartas que supera tal vez -no lo puedo asegurar-, a una conversación cara a cara, es su permanencia. Son para siempre, para atesorarlas y volver a ellas cuando necesitamos revivir esas sensaciones que nos provocan.


 

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