Vacaciones "eran las de antes": viajar en tren, recorrer el Italpark y caminar la historia

Vacaciones "eran las de antes": viajar en tren, recorrer el Italpark y caminar la historia

Las vacaciones de invierno tienen otros matices. Y aunque hoy hay más opciones, algunas alternativas desaparecieron, como viajar en tren. Los parques de diversiones y las aventuras urbanas en Buenos Aires.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Cuando éramos niños las vacaciones significaban dos cosas: ni descanso, ni paseos por lugares desconocidos. Nuestros intereses fundamentales eran que había mucho tiempo para jugar, y que se aflojaban las rutinas cotidianas más estrictas; es decir, los horarios para ir a dormir se estiraban y podíamos comer y tomar cosas diferentes, como las de un día de cumpleaños.

Las vacaciones de invierno, a diferencia del verano, donde casi no cabía otra posibilidad que la Playa Amarilla en Con-Cón, no tenían un destino prefijado para la Tribu. Así fue que uno de los inviernos de la década del ochenta los mayores decidieron que haríamos un viaje cultural a Buenos Aires. Era momento de conocer el Cabildo -que dibujábamos y recortábamos sin cesar cada año en la escuela-, la Casa Rosada, la tumba del General San Martín, la Plaza de Mayo. Claro que ese era el interés de nuestros padres; los niños les demostraríamos que sus planes educativos estaban a punto de fracasar. Durante esa semana de vacaciones nos deslumbraron las cosas más insólitas e impensadas.

Una travesía sobre rieles por grandes extensiones de campo, durante mil cien kilómetros de oeste a este de la Argentina, nos pareció uno de los viajes más lujosos y exóticos que habíamos experimentado en la vida. Teníamos varios camarotes en El Libertador, un tren de pasajeros que unía nuestra Provincia con la Capital.

Ya en la estación de trenes de la calle Belgrano, preparados con unas camperitas -que de ningún modo le podían hacer frente al frío de julio en Mendoza- y nuestras botas de goma listas para chapotear en los charcos de lluvia de Buenos Aires, esperábamos la salida ansiosos y felices. Mis primos más cercanos, mi hermano y yo, teníamos un entusiasmo desbordante que casi agota a nuestras madres antes de que el viaje se iniciara.

Viajar en tren

Teníamos tanto para entretenernos en ese tren que el día de viaje que debía transcurrir para llegar a Buenos Aires se nos hizo corto. Esto a pesar de que el tren se rompió y estuvimos un largo tiempo detenidos en pleno campo: no queríamos llegar. Nos encantó el coche cine donde a la tarde proyectaron “La increi´ble carrera de las montan~as Rocosas”, una película de aventuras que relata la historia de una carrera a campo traviesa entre dos contrincantes. Cualquier film siempre era una fiesta, pero en un vagón completamente forrado de azul oscuro que imitaba a una sala de cine con una pantalla que a nosotros nos parecía inabarcable, era un premio desproporcionado; demasiada felicidad condensada.

Disfrutábamos especialmente las comidas en el coche comedor, en el que parecía que no había restricción de coca colas o helados para pedir. Sin embargo no eran esos dos vagones los que despertaron nuestra fascinación completa, sino los famosos camarotes. Con mi hermano debíamos compartir uno, y la primera decisión central fue determinar quién dormiría en la cucheta de arriba. El camarote era un espacio reducido en el que dos camas y un mueble con un lavatorio parecían un milagro. Se plegaban, se disimulaban y había redes, cierres de seguridad, ganchos y trabas para que puertas y ventanas quedaran aseguradas y no se golpearan con el movimiento. Cómo desplegar las camas, fijar las puertas del placard y decidir quién subía y bajaba de la cama de arriba resultó para nosotros tan maravilloso como ese cine móvil que atravesaba la Pampa Húmeda Argentina.

Después de esa travesía de lujo llegamos a Retiro y nos encaminamos al edificio de departamentos que sería nuestra vivienda durante una semana. La primera sorpresa fueron esos mágicos ascensores automáticos. Jamás habíamos visto elevadores que abriesen la puerta y la cerraran solos con una completa botonera digital en la que apenas la presión de un dedo surtía el efecto deseado, y le indicaba a la máquina la indudable voluntad del pasajero. Después de ver eso casi no hubiese sido necesario salir de paseo por ninguna de las calles del centro de Buenos Aires.

Los cinco niños podíamos pasar toda la tarde subiendo y bajando, saliendo de uno y entrando a otro, escondiéndonos y tratando de dejar atrás a los demás. Para retrasar a los rivales y ganarles la carrera apretábamos todos los botones y les cerrábamos la puerta un segundo antes de bajarnos. Pero claro, la idea de nuestros padres era aprovechar el viaje histórico cultural e insistían con el recorrido por monumentos, museos y lugares históricamente relevantes. Nosotros sólo queríamos volver a jugar en los ascensores.

Después de algunos días de pelear y discutir con los mayores porque nos cansábamos de caminar y caminar por la ciudad para conocer y relacionar todas esas cosas que nos enseñaban en la escuela con los lugares reales que visitábamos, los adultos se compadecieron de nosotros y accedieron a llevarnos a un parque de diversiones. El más conocido -y casi una cita obligada- era el ItalPark, pero fue justo ese año cuando acababan de inaugurar uno que garantizaba más cantidad de atracciones y cientos de metros de diversión asegurada: se llamaba Interama. Lo recuerdo como un predio enorme, ubicado en un lugar lejano al que nos costó llegar.

El Italpark, el parque de diversiones del os 70 y 80.

El protagonista indiscutido del lugar era Goma Goma, una especie de serpiente que en el extremo de la cola tenía una mano y usaba anteojos. Estaba por todos lados, en carteles, muñecos, títeres y marionetas de diversos materiales y de diferentes tamaños. Además su canción sonaba por todos los altavoces del Parque: “Goma, Goma, Goma, Goma, Gomaaaaa que lindo y que simpático que sos...”, en un loop interminable que casi acabó con la paciencia y los oídos de los adultos.

Había además una gran atracción que se promocionaba como la montaña rusa más alta de Sudamérica. Tenía coches para seis pasajeros, subidas altísimas y bajadas abruptas, en las que la velocidad casi superaba lo tolerable. Nunca he tenido más miedo de caer de cabeza, y no recuerdo haber subido jamás a otra de esas pistas en mi vida.

Los ríos de montaña, otro lujo.

Otro de los lugares favoritos de nuestros padres para visitar en invierno y tomar fuerzas para enfrentar la segunda mitad del año eran algunos parajes de San Rafael, en Mendoza; más precisamente, el Cañón del Atuel. Para los niños jugar a la orilla del río Atuel o escalar montañas sorteando cactus y malezas era tan emocionante como el coche cama de El Libertador, el cine, los ascensores automáticos o el parque de diversiones.

El agua en movimiento de acequias, arroyos o ríos era siempre una invitación a jugar carreras de barquitos: palitos, trocitos de madera, o hasta ramitas, servían para soltarlos cerca del margen y correr en paralelo para ver cuál se adelantaba y le ganaba a las embarcaciones de los rivales. No podían faltar en ese tipo de excursiones varillas o palos que sirvieran como bastones para escalar o como espadas para defendernos de los peligros. Pero fue en uno de esos trekkings que mi prima rodó cuesta abajo y terminó sentada sobre un cactus; la misma semana en que mi hermano quiso demostrar su amor incondicional a un perro desconocido que circulaba cerca de nuestro alojamiento, y terminó mordido. Por unos días los adultos se concentraron en intensas deliberaciones para decidir si le iban a tener que aplicar un tratamiento antirrabia que sonaba bastante aterrorizante. Por suerte no hizo falta.

No importaba cuál era el destino: una gran ciudad como Buenos Aires o un paraje agreste como el Cañón del Atuel. No era relevante si nos encontrábamos a Goma Goma, nos enfrentábamos a un perro rabioso, o quedábamos atrapados en los ascensores automáticos. Siempre, lo único importante para la Tribu, era que cualquier aventura nos encontrara juntos y unidos.

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