El lugar de San José en el pesebre

El lugar de San José en el pesebre

Cuando leemos los textos de la Biblia que relatan el nacimiento de Jesús, advertimos que nos dicen muy poco de José: lo mínimo e indispensable para comprender cómo este buen hombre se hizo cargo de esos planes tan difíciles de digerir…

Roxana Fantin

José se pone la situación al hombro, toma la iniciativa, es protector, genera las condiciones necesarias para el nacimiento. Podemos imaginar cuánto debe haber consolado a María en ese viaje inoportuno hacia Belén, en las horas previas al parto… ¡Qué importante la labor de José!

Y sin embargo, cuando contemplamos el pesebre, nuestra atención se suele centrar en el niñito Jesús. Y sí, por supuesto, ¿acaso no es eso la Navidad? También reparamos en María, en su maternidad recién estrenada que anticipa la labor que le sobrevendrá como mamá del mundo...

¿Y dónde queda José? José también, claro, no puede faltar en el pesebre; pero casi en un tercer lugar… Un tercer lugar que, a lo largo de la Biblia, pasa al cuarto, al quinto, hasta desaparecer casi por completo de los evangelios que nos narran la vida de Jesús.

La presencia de José en la historia de la salvación me hizo pensar en la de la mayoría de nosotros. Sin José, María no habría podido cumplir el plan divino. Sin José, no sabemos si Jesús habría podido nacer y crecer hasta llegar sano y salvo a su hora. José es esa intervención humana sin protagonismo, sin nada aparentemente espectacular que sobresalga de su labor. El fue simplemente obediente, creyó e hizo tan sólo lo que sabía hacer en la vida: ni más ni menos… Debe haber pasado al lado de Jesús más tiempo que cualquier otra persona; pero poco sabemos lo que pensaba o decía. Sí, José no fue famoso en su época. Aún en el pesebre, su lugar es silencioso.

José acompaña el plan de Dios; no lo idea, no lo tracciona, no lo cuestiona, no lo relata, no es su protagonista. El sólo acompaña. Como nosotros, tantas veces, en el silencio, fuera de la vista de la gente, en la soledad. ¡Qué difícil a veces ser José! Acompañar con fidelidad y no sentirse reconocido por esa persona tan cercana… ¡Qué difícil el trabajo meramente humano, rutinario, a veces sin brillo! Generar las condiciones para que otros se destaquen y luego desaparecer de la escena… Hacer, con todo el esfuerzo, algo que a los ojos de los demás parece una pavada… “Y bue, si a mí se me hubiera presentado el ángel yo también habría creído…” Sí, es difícil ser José, todos los días. Es difícil el tercer lugar. Porque alguna vez nos enseñamos, como sociedad, que hay lugares mejores que otros. Y que al tercer puesto le sigue el premio consuelo…

Estoy segura que a los ojos de Dios la historia se ve muy diferente. Y que el tercer puesto es sólo la tercera parte de una realidad única y maravillosa que es la Divina Providencia, donde cada uno, en su misteriosa libertad da lo que tiene de sí, contribuyendo sin más ni menos, a que suceda lo mejor para los otros. 

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