Emigró en 2003 sin nada y hoy es dueño de una empresa en Miami

Emigró en 2003 sin nada y hoy es dueño de una empresa en Miami

A 20 años de la otra gran ola migratoria, generada por la crisis del 2001, la historia de un argentino que dejó el país en 2003, cuando se quedó sin trabajo. Sin un empleo seguro y con deudas, decidió probar suerte en Miami. Hoy es dueño de una empresa con oficinas en España. Un caso de éxito.

Horacio Alonso

Horacio Alonso

En estos tiempos es común hablar de argentinos que están emigrando. La situación económica, sumada a las condiciones sociales y políticas son los motivos que llevan a tomar esa decisión. Pero no es la primera vez que la realidad local expulsa a jóvenes, empresarios o familias enteras a buscar mejor suerte en el exterior.

Se están cumpliendo este mes 20 años de la gran crisis del 2001. En aquel entonces y en los años posteriores, se produjo otra ola migratoria de características similares a la actual. Miles de historias de argentinos que, dos décadas atrás, se vieron obligados a emprender ese camino difícil. Conocer cómo les fue a quienes dieron ya ese paso y se afianzaron en otro país es un buena referencia para los que están analizando hacerlo.

El caso de Gonzalo Navarro es una de estas tantas historias que, después de mucho esfuerzo, se puede catalogar entre las exitosas. En 2003, cuando tenía 31 años, de un día para otro, su situación laboral cambió drásticamente y se quedó sin ingresos. Fue eso lo que lo llevó a irse del país, sin un trabajo seguro y con algunas deudas. El lugar elegido fue Miami, donde hoy es dueño de una empresa próspera, con oficinas en esa ciudad, en Buenos Aires y Madrid.

“La decisión la tomé porque me harté laboralmente. Estudié arquitectura y tenía un estudio con mi hermano que realizaba imágenes por computadoras de nuevos proyectos. Teníamos varios clientes, pero uno muy importante. Un grupo empresario conocido. Habíamos hecho una serie de trabajos y nos tenían que pagar varias facturas. Nos llamaron y nos dijeron que teníamos que aceptar una quita muy grande o que le hiciéramos juicio. Dije basta. Llegué a preguntarme si el problema era yo o el país”, explicó a MDZ. 

Su partida no fue en las mejores condiciones. Tenía deudas de un departamento que habían comprado para instalar la oficina, más un préstamo que le había dado el padre. Juntó unos pocos ahorros y, acompañado por su mujer, emprendieron la aventura.

El comienzo fue muy duro. No conocíamos a nadie. Paramos un par de meses en el departamento que tenía una argentina, a cambio de que le pagáramos las expensas, pero hasta eso era mucho para nosotros. Mi mujer tuvo que volver unos meses por un tema de la visa y me fui a vivir a la casa de un contacto a través de amigos. Estuve casi dos meses durmiendo en un colchón en el living de esta persona. Fueron meses complicados”, agrega.

La falta de dinero y la carga que representaban las deudas que habían quedado en Argentina exigían que, rápidamente, se generaran ingresos: “Si en tres meses no conseguía clientes, nos teníamos que volver porque se nos acababa la plata. Me armé unas carpetas con una muestra de renders que hacíamos y salí a recorrer estudios de arquitectos. Empecé a buscar en la guía los que tenían apellidos latino porque me imaginaba que iba a ser más fácil hablar el mismo idioma. Entre todos los que contacté, me llamaron de un estudio de un cubano, Leo Ballón. Fue mi primera reunión. Quería que le hiciéramos un proyecto para su empresa. Lo preparo y, a los pocos días, me vuelven a llamar. Yo pensé que era porque querían negociar el precio. Lo llamé a mi hermano para ver cuánto podíamos bajar. ‘Aceptá lo que sea. Necesitamos que entre dinero’, me dijo.

Cuando llego me dice que le interesaba lo que hacía y, ahí nomás, llamó a un empleado y me pagó por adelantado unos US$4.000, que equivalía al 50% del trabajo. Además, me pidió que hiciera otro proyecto para su casa. No lo podía creer. Si quería me iba con la plata y no me veía más. Ahí empecé a darme cuenta de las diferencias con la Argentina”.

A partir de entonces, las cosas fueron sucediendo para bien. Un cliente derivó en otro y, de a poco, la situación empezó a estabilizarse. Montó una oficina en un depósito para poder tener una dirección laboral y avanzar con la visa L de Transferencia de Ejecutivos. Para eso necesitó también abrir una sucursal del estudio que tenía en Buenos Aires que, en realidad, sólo acumulaba deudas en esos años difíciles de la Argentina. Parte de las exigencias legales era que tuviera empleados.

“La diferencias con la Argentina son muchas. Allá, te esforzás, pero no es suficiente. Todo es imprevisible. En Estados Unidos, es lo contrario. Ponés un ladrillo sobre otro y sabés que vas a crecer. En Argentina, crecés, te caés, lo intentás de nuevo y, a la larga, estás peor”.

Según contó a MDZ, le llevó un año y medio entender esas diferencias: “En un momento, me di cuenta de que estaba empezando a creer en el sistema. Que era así, no había sorpresas.” 

Con el paso de los años, el estudio empezó a crecer y la importancia de los clientes también. Además, cruzaron el Atlántico y abrieron una sucursal en España. La facturación acompañó esa expansión. “Mi viejo no estaba de acuerdo con el plan de venirme a Miami. Decía que nos íbamos a fundir otra vez. Tiempo después me mandó un mail diciéndome que tenía que reconocer que se había equivocado. Igual, muchas veces pienso que si hubiera tenido un poco de conciencia de las veces que estuve al borde de quedar otra vez patas para arriba, no me hubiese animado a venir. Me hubiera asustado”, recordó.

Hasta antes de la pandemia llegó a contar con unos 50 empleados de distintas nacionalidades. El cierre económico que produjo el coronavirus le dio otra muestra de las diferencias: “El Estado nos dio la plata para pagar los sueldos. No una parte, todo. En Estados Unidos no hay indemnización. Te echan rápido, pero te contratan rápido. Esa ayuda fue muy importante porque nosotros no los podíamos sostener. También nos dieron líneas de crédito a 30 años, para capital de trabajo, con una tasa de 3% anual. En 2020 hacía falta ese estímulo”.

Hoy, su hermano está volcado al desarrollo de una startup inmobiliaria y el estudio de Buenos Aires funciona más como un lazo afectivo que de negocios. Después de 18 años, la vida de Gonzalo está concentrada en Estados Unidos, junto a su mujer y sus dos hijos.

Un dato: están pagando una casa en el sur de Miami con un crédito a 30 años y una tasa de 2,89 anual. “Hay mucha gente que está pensando en irse del país. Es increíble la cantidad de argentinos que están llegando. Lo que noto es que algunos creen que es fácil, pero no quieren pagar el precio de instalarse en un país nuevo. Al principio, es muy probable que bajes calidad de vida, pero a la larga, esa previsibilidad, hace que puedas crecer”, explicó.

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