Miedos: cómo deshacernos de esa emoción que nos paraliza

Miedos: cómo deshacernos de esa emoción que nos paraliza

Constitutivo del ser humano, por alguna u otra causa, todos sentimos miedo. El impacto subjetivo por recibir diferentes noticias que alteran nuestro equilibrio diario se ve conmovido cuando nos toca muy de cerca.

Carlos Gustavo Motta

Lo próximo se torna amenazante y a partir de allí, nada es lo mismo. La reflexión sobre mantenerse en calma no logra disipar lo que sentimos en nuestra conciencia.

El descontento, el aburrimiento y la depresión alimentan nuestros miedos. Obturan cualquier percepción positiva que se dirige sólo a su ensombrecimiento. Para la filosofía y más precisamente para Heidegger el miedo tiene tres aspectos principales que Giorgio Agamben en su libro "La epidemia como política" señala: 1) ante qué surge el miedo 2) el tener miedo 3) el por qué del miedo.

  1. Lo que nos aterroriza y lo que nos puede dañar tiene un carácter de amenaza. Es más o menos conocido pero en nada tranquilizador. Sabemos que puede estar a una distancia de nosotros pero también conocemos que puede aproximarse y, sólo con esa tensión, podemos ser golpeados o no por ello. Ese “es posible, pero tal vez no” es lo que posee su carácter nocivo donde el más allá de la cuestión radica en que esa idea no suprime ni disminuye sino más bien, lo incrementa.
  2. El “tener  miedo” significa que la cosa que se aproxima es terrible. Miedo al miedo y la emoción detectada es la temibilidad, esencia misma que precede a cualquier miedo determinado.
  3. El por qué del miedo: sólo un ser que existe puede aterrorizarse porque a veces el peligro que siente es solidario al sentimiento de abandono. No hay nadie que esté allí para ayudarlo/a a enfrentar la cuestión. Tener miedo por otro es también pensar que el otro nos puede ser arrancados de uno.

El miedo es una disposición emotiva donde la amenaza tiene diferentes grados o formas. Este "todavía no, pero sin embargo en cualquier momento" es cuando el miedo puede ser espanto u horror. Y si sumamos, aparece directamente el terror. Todas estas formas demuestran que somos “miedosos”.

Al miedo podemos sumarle la angustia -que por otro lado para Jacques Lacan es nuestra brújula, la “rosa de los vientos”, lo que no engaña-. Eso también la filosofía define su naturaleza pero deja claro que la angustia es angustia y el miedo es miedo.

La indeterminación de la angustia es lo que provoca nuestra estrechez de criterio, porque el ante qué de la angustia, no es una cosa directamente sino el mundo que se presenta cuanto tal: el miedo es una angustia caída en el mundo.

Otra sensación clara del miedo es lo que se desprende de él, su impotencia. Un ejemplo es el COVID donde cada uno de nosotros buscó la forma de protegerse de algún modo, sobre todo por las imprecisiones que hemos recibido de entrada desde los organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud: que no se transmitía por el aire; que se transmitía por el aire!; que lo podíamos “arrastrar” en nuestros zapatos llevándolo por toda nuestra casa; los encierros en nuestros hogares; el barbijo que llevamos con nosotros o las máscaras iniciales que nos hacían confundir con apicultores. Todo y mucho más desarrolla una voluntad de la impotencia.

Lo que da miedo no puede vencerse y eliminarse de una vez y para siempre

¿Cómo deshacernos de nuestros miedos? Es verdad que no podemos quedarnos en la pura apariencia de las cosas porque siempre hay más, mucho más. Es inútil tratar de convencer al miedoso con argumentos racionales ya que el miedo es una imposibilidad de acceder a un razonamiento.

¿Qué hacer entonces? En principio podemos verificar cómo los miedos que sentimos hacia tantos objetos (imágenes; acciones; personas; nosotros mismos) nos mortifican y nos hacen escapar en dirección opuesta, sin querer ver lo que tenemos delante, sin mirarnos de frente y reconocer por qué algo nos asusta. Preferimos soñar, permanecer dormidos,  continuar siendo ciegos o simplemente huir.

No es el razonamiento sino el uso de la memoria lo que puede restituirnos una cosa libre del miedo. Agamben señala algo muy poético a la vez: “El árbol puede partirse y caer a mi lado, el torrente desbordante puede inundar una aldea…no perder la cabeza…no caer en pánico permitiendo que otro construya su poder en mi miedo y que finalmente decida a su arbitrio lo que puedo o no puedo hacer”…y todo ello además es la regla que garantiza o no mi libertad de decisión.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

  

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