El sótano: un viaje a un lugar prohibido que terminó con un susto mayor

El sótano: un viaje a un lugar prohibido que terminó con un susto mayor

Las casas de los abuelos encierran misterios y llaman a la aventura. Mucho más cuando hay lugares prohibidos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes - tinafunes@gmail.com

Conocía cada rincón del caserón de mis abuelos y había explorado todos los escondites, recovecos y piecitas; los permitidos y los prohibidos. Es que con mis padres y mi hermano vivimos en un departamento que se ubicaba al fondo y debajo de la casa principal. En realidad, ese espacio al que llamábamos departamento, había sido el consultorio de mi abuelo pediatra -el patriarca de la Tribu-y desembocaba en el jardín de esa gran casa familiar: un terreno que llegaba hasta el corazón de la manzana con 570 metros construidos.

El edificio completo, que diseñó el arquitecto Mario Day, se pensó como una casa principal en planta alta, y en la planta baja había una amplia construcción donde mi abuelo atendía a sus pacientes (con sala de espera, cocina, y hasta dependencias de servicio); también un departamento que daba a la calle; y un jardín, al fondo de todo, que dibujaba una letra “L” y que estaba ideado para complacer a la dueña de casa, mi abuela. Los protagonistas indiscutidos de ese pulmoncito verde eran un generosísimo jazmín del cabo, que puntualmente todos los diciembres explotaba de pétalos blancos y perfume; dos rosales rojos y la compañía de varias enredaderas que vestían cada una de las paredes y nos regalaban el fresco de las noches y las mañanas de verano.

Esa gran casa, donde la Tribu que formaron mis abuelos se expandió hasta alcanzar los nueve hijos y veinte nietos, fue el centro de festejos, de juntadas, de análisis y resolución de problemas, de enjuague de lágrimas y de siestas de andar en puntas de pie. Para mí fue el refugio de mi niñez, el lugar donde me acurrucaba a revolver cajones -mientras hacía de cuenta que los ordenaba-, donde revisaba revistas o libros, donde susurraba confesiones y preocupaciones al alma de la familia y de ese lugar: mi abuela materna.

Para el elenco estable de travesuras de la siesta que configurábamos dos de mis primos varones -que vivían en el departamento que daba a la calle-, mi hermano y yo “la casa” era todo un enorme espacio indiferenciado por el que transitábamos a toda hora y en el que se incluían todos los ambientes construidos. Corríamos de arriba abajo y de abajo arriba por las escaleras de adelante, que trepábamos saltando los escalones de mármol blanco, o por las del jardín, que daban a una terraza llena de macetas que mi abuela cuidaba y controlaba al milímetro.

Sus espacios y ambientes estaban catalogados en momentos y actividades permitidas o vedadas. Por ejemplo podíamos salir al balcón que daba a la vereda solamente acompañados por un adulto. Y para ver la Vía Blanca de las Reinas, el Carrusel de la Vendimia o los fuegos artificiales de las fiestas de fin de año. Sin embargo nosotros adorábamos usarlo para hacer planear avioncitos de papel e intentar que cruzaran la calle Sarmiento hasta la otra vereda -jamás lo conseguimos-, o para mojar a esas pobres chicas que pasaban desprevenidas rumbo al trabajo o a la Facultad, en las siestas del Carnaval.

Era un caserón que entre sus dos plantas tenía trece dormitorios y nueve baños, con una espaciosa cocina -que sin embargo quedaba chica a la hora de lavar los platos en la madrugada del Año Nuevo-. A pesar de sus dimensiones impactantes y sus nobles materiales de construcción, su estilo era simple, clásico y cálido, sin lujos ni estridencias. Su construcción demandó varios años y una importante inversión de energía para solventar su costo. Se financió con el producto del trabajo de mi abuelo en su consultorio -más el esfuerzo de su mujer que oficiaba de secretaria, enfermera y acompañante en las visitas a domicilio- y con la generosidad de algunas de las familias de los pacientes que atendía gratis, y que le regalaron mármol, madera, y un cariño infinito que atesoró y que fue motivo de orgullo hasta sus últimos días.

El comedor de diario era el centro y lugar más usado de la casa, y en él había un protagonista indiscutido: el piano de mi abuela, que para los niños era mágico, porque permitía su ejecución manual, presionando sus teclas -como cualquier piano- o la reproducción automática de canciones a través de un rollo de papel perforado. Tocarlo, o incluso acercarse a él estaba completamente prohibido, bajo pena de arresto domiciliario hasta nuevo aviso; pero por supuesto nos las arreglamos para revolver los rollos de las canciones varias veces.

Hasta aquí todo más o menos normal, pero había además, infinidad de huecos, piecitas, puertas y espacios cerrados que estaban vedados para los niños. Por ejemplo una habitación que mi abuela mantenía con llave y era más o menos secreta y misteriosa. Resulta que en realidad estaba llena de comestibles exóticos y cosas favoritas que no quería dejar expuestos en alacenas y armarios de la cocina. En ese cuarto se apilaban sus chocolates, latas de alcauciles, de ananá o de palmitos, botellas especiales de licores o bebidas que ella no tomaba pero que usaba para cocinar; pilas de sus famosos dulces de membrillo, entre otras exquisiteces que quería mantener a salvo de los golosos de la Tribu.

Así también una puertita más o menos oculta, al lado de uno de los baños, conducía a una especie de vestidor repleto de ropa de sus hijos cuando eran chicos, de sus vestidos de soltera o el stock de frazadas y sábanas para una impresionante cantidad de camas. En la lavandería había una escalera misteriosa a la que no nos dejaban subir, y por la que yo me escabullía cuando no quería que nadie me encontrara: desembocaba en una puerta que conducía a la azotea y también a una habitación pequeña que estaba casi completamente ocupada por juguetes viejos y revistas de mi madre y sus hermanos cuando todos ellos eran niños.

El garage también encerraba algunos secretos. Era el acceso a la casa principal, pero además conducía a un pasillo por el que se podía ingresar a varias puertas; a una habitación para guardar leña, a la casa donde vivíamos con mi hermano y mis padres, al nuevo consultorio de mi abuelo y al sótano. Sí, los dos extremos de la gran casa eran territorio prohibido: la azotea (a la cual yo había llegado varias veces a escondidas) y el sótano, donde también teníamos completamente vetado el acceso. Ni yo -que era la debilidad de mi abuela- sabía siquiera dónde se escondía la llave que abría esa puerta. Pero ahí queríamos ir, sin dudas; era la excursión que nos faltaba, el ambiente inexplorado que prometía descubrimientos y tesoros impensados. Cientos, miles de veces habíamos pedido conocer esos dominios y la respuesta era siempre un rotundo: -No, es muy peligroso.

Cuando ya casi nos habíamos resignado a que hubieran varios metros cuadrados desconocidos bajo nuestras propias narices, una de las maestras de la Escuela Normal Mixta Tomás Godoy Cruz, logró el milagro. Solicitó amablemente, y a través del cuaderno de comunicaciones, el envío de algunos azulejos para realizar una manualidad. No se indicaba color o tamaño.

Como una postal reiterada durante muchas tardes del año, mi compañera de banco y aventuras durante toda la Primaria estaba en mi casa para tomar la leche y hacer la tarea. Esperábamos terminar pronto para dedicarnos a nuestro verdadero objetivo: experimentar con diferentes sustancias, envases y frascos para colorear agua, sumergir objetos -vaya a saber para qué- y teñir telas con esos líquidos.

De pronto, como si fuese un letrero luminoso que se prendía y apagaba intermitentemente apareció la nota en el cuaderno de comunicaciones. Vimos que al día siguiente a la mañana teníamos que llevar esos azulejos. El mal humor de mi madre fue instantáneo: cómo se nos ocurría avisar con tan poca antelación, era imposible para ella ocuparse de conseguirlos. Desde la casa de arriba, a través de las cocinas que se conectaban, su mamá escuchó las expresiones del enojo. Inmediatamente sonó el teléfono de mi casa: era mi abuela al rescate. Le recordó a mi madre que en el sótano había algunos azulejos viejos que sobraron de algún arreglo y que los podíamos usar para la tarea. Me mandaron a buscar la llave.

Las arañas habían estado solas durante mucho tiempo. Pero recibieron una inesperada visita. 

El acceso era complicado. El ambiente más oculto de la casa tenía una escalera empinada que bajaba y doblaba, y sus escalones eran tan cortos que casi no entraba el pie. No había luz y el interruptor para prender y apagar el único foco que colgaba por ahí estaba casi inaccesible para nuestras manos. Había un olor a humedad tan fuerte que lo ocupaba todo y no nos dejaba pensar. De repente estábamos protagonizando una película de terror. Empezamos a rogar que no se enojaran las arañas dueñas de esas telas que nos acariciaban la cara en la oscuridad.

Ciudad oculta

Por más que mirábamos y mirábamos con unas linternas no había indicios de la existencia de ningún azulejo. A cada paso chocábamos con torres de muebles en desuso, coches de bebés y cunas que había que sortear como un laberinto. Por momentos el frío, las telas de araña y la humedad nos hacían alucinar con movimientos y ruidos que nos rodeaban -pensándolo mejor sin dudas eran ratones y no alucinaciones-. Y seguíamos sin encontrar lo que buscábamos.

Nos reíamos nerviosas, curioseábamos entre pilas de objetos obsoletos cuando, en un descuido, con mi codo izquierdo moví una bicicleta de ruedas desinfladas y se nos cayeron encima un triciclo oxidado y un cajón de botellas vacías. El desmoronamiento descubrió una bolsa de arpillera que contenía diez azulejos amarillos, cuatro trizados y seis enteros. Estábamos felices, lo habíamos conseguido, cuando de repente... blammmm. Sentimos un golpe fuertísimo y esa luz tenue que apenas se percibía sobre nuestras cabezas había desaparecido. Se había cerrado la puerta con una ráfaga de viento que entró por el garage. El picaporte estaba fijo, no se movía, y la llave...la llave estaba puesta en la cerradura, por el lado de afuera. Estábamos atrapadas y mi madre se había ido al supermercado. Empezamos a gritar y golpear la puerta desde adentro...pero era imposible que nos escucharan desde cualquiera de las tres casas, estábamos muy aisladas.

Estuvimos casi una hora gritando y golpeando. Rogábamos que las arañas estuvieran más asustadas que nosotras, cuando se abrió la puerta. Nuestro salvador fue mi primo mayor, mi socio de las siestas aburridas, de las batallas de carnaval y de tantas aventuras. Había terminado su tarea e iba camino a mi casa después de tomar la leche cuando escuchó el golpeteo y pudo girar, por primera vez con emoción, la llave que lo conducía al sótano prohibido. Nuestro héroe recorrió el lugar luego de rescatarnos y encontró una pelota de cuero desinflada que se apropió inmediatamente. Y aunque nunca pudimos usarla porque estaba rajada fue el recordatorio de jamás volver a dejar la llave puesta por el lado de afuera.

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