Tomen todas las escuelas

Tomen todas las escuelas

Calidad de la educación, días de clase por año, contenidos, nada de esto está presente en los debates que argumentan quienes toman los colegios porteños.

Camila Duro

Que no quede ni una funcionando. Ni una. Así como lo leen. Está muy bien que tengan bronca contra las instituciones que los están condenando al analfabetismo funcional. Está perfecto que no respeten a quienes les hicieron creer que el Estado les “debe” viandas o que les debe algo en absoluto. Rebélense. El único problema es que la rebeldía educativa no es tomar ese edificio donde no hay sanción por romper reglas, porque esas reglas no existen. Así que si, rebélense.

Discutamos la educación (o des-educación) que están recibiendo.

Discutamos en serio el rol de las Escuelas y para qué las queremos abiertas y funcionando. Discutamos si la educación es para alfabetizar o para darle salida laboral a miles de personas, en muchos casos de dudoso vuelo intelectual, en puestos docentes.

Discutamos si es sano que un chico pase 8 horas en un establecimiento donde no termina aprendiendo lo fundamental: leer y escribir.

Discutamos si hace a la diferencia 170, 180 o 365 días de clase, o si en realidad el problema es de calidad en vez de cantidad.

Discutamos de educación, pero discutamos en serio.

Quizás nos encontremos con que la izquierda es terriblemente conservadora en materia educativa, que quiere sostener el sistema por el sistema mismo en vez de pensar soluciones actuales para los desafíos actuales.

No podemos repensar la educación ni repensar la Escuela si se trata únicamente de salarios docentes y de sostener puestos de trabajo. La discusión ni siquiera pasa por educación pública o privada, parece que no estamos dispuestos a cuestionar un sistema que viene atrofiando neuronas hace décadas. No estamos dispuestos a cuestionar la formación docente que es pura pedagogía (o pseudo-pedagogía), ideología y escaso contenido. Parece que tampoco estamos dispuestos a asumir el carácter aristocrático de la educación ni su fuertísima impronta moral. No estamos dispuestos a cuestionar que los chicos tengan 15 materias de contenidos cuando no pueden comprender un texto o razonar mediante mecanismos lógico-matemáticos.

¿Alguien me puede explicar por qué todo el mundo necesita saber lo que dice un manual escolar sobre células procariotas?

En cambio, parecería que la escuela tiene que ser una especie de academia multifunción: Tiene que enseñar programación, educación financiera, sexualidad, cuidado del medio ambiente, leyes de tránsito y cuanta cosa la sociedad pondere en el momento pero sin garantizar que la base moral e intelectual necesaria para pensar esté efectivamente en esos humanos que deberán ser adultos en algún momento.

Los infantilizamos y compartimentamos, los condenamos a ser manipulados por la teoría pedagógica de moda, les sacamos los incentivos a la excelencia, los aburrimos y los tenemos todo el día encerrados en un establecimiento sin contacto con la realidad. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que eso termina bien?

Todo niño será, indefectible y biológicamente, un adulto. La perfección no está en la niñez, está en la adultez. Sistemáticamente sacamos a los niños y adolescentes del contacto con el mundo adulto y después nos preguntamos sobre la eterna adolescencia en la que viven miles y miles de veinteañeros y treintañeros.

La educación es para la libertad y ser libre tiene riesgos. Significa tomar partido y salir a lo desconocido. Ser libre es una aventura donde uno asume el riesgo por sus decisiones. Si volvemos a la educación algo aséptico, hiper-normalizado, estándar e infantil, donde no hay incentivos a la excelencia y nadie tiene premio pero tampoco hay castigo por romper las reglas, solamente estamos generando lo que tenemos a la vista: humanos sin nada en el pecho, sin motivación para vivir, sin causa, cómodos pero desahuciados.

La violencia, el suicidio adolescente, la depresión y la ansiedad juvenil no salen de un repollo, son la consecuencia esperable de haberle quitado a los niños y adolescentes la chispa interior, la picardía, las ganas de aprender y las ganas de moverse.

Así que sí, tomen las escuelas. Sólo si nos van a obligar a los adultos a hacer algo distinto. Pero si van a hacerle el caldo gordo a un montón de adultos que los están condenando a no poder leer un libro de corrido para guardar unos puestitos docentes o a otro montón de adultos que necesita autosatisfacerse pensando que la tarea está cumplida por tenerlos adentro de un establecimiento llamado escuela, mejor no hagan nada.

Camila Duro. Filósofa, asesora legislativa en la HCDN y militante política.

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