El duro relato de Verbitsky que mejor describió la interna peronista

El duro relato de Verbitsky que mejor describió la interna peronista

Fue hace más de 30 años, en el libro Ezeiza, que narra los dramáticos hechos del retorno de Peron. El enfrentamiento ideológico interno del peronismo, llevado al extremo violento. Hoy se vive en el Gobierno nacional la puja entre dos visiones enfrentadas. Una más moderada y otra "setentista".

Horacio Alonso

Horacio Alonso

Aunque con otros modos y consecuencias menos trágicas, la historia del peronismo tiende a repetirse. El “movimiento”, ese aglomerado de ideas disímiles y contrapuestas, ha mostrando, a lo largo de su vida, una clara debilidad por que dirimir sus cuestiones internas, de forma escandalosa, ante la mirada absorta de una sociedad.

En estos días, tras la reacción de las distintas facciones del Gobierno nacional ante la derrota electoral, se está viviendo un nuevo capitulo de esa utópica tarea de mantener unidos elementos que no pueden mezclarse.

En los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, se vislumbró, de forma sutil, el germen de ese sino que lo marcaría por siempre. La fuerte presencia del líder, en ese entonces, apaciguaba cualquier enfrentamiento.

Los años de proscripción también estuvieron dominados por esa incompatibilidad interna, pero fue tras el regreso del viejo caudillo cuando más se reveló la contradicción de una fuerza política que podía ser señalada, tanto de izquierda como de derecha, según el cristal del observador.

Tiempo después, el menemismo dio un nuevo giro ideológico que volvió a mostrar lo maleabilidad de los principios, aunque sin tanto apasionamiento.

Sin embargo, aquel espíritu setentista parece estar flotando en la disputa actual y no es casual que gran parte de los seguidores del Frente de Todos reivindiquen aquella época como gloriosa.

Aunque no puede ser comparable la violencia de esos tiempos con el intercambio epistolar de ahora, el centro de la discusión es el mismo: cuál es la ideología que se impone en el peronismo. Y esa disputa, como más de 40 años atrás, se produce con el partido en el Gobierno.

Quien mejor reflejó esa dicotomía de pensamientos fue Horacio Verbitsky, en 1985. En su libro Ezeiza, que narra los acontecimientos del regreso de Perón, en 1973, el escritor, periodista y vacunado VIP describe cómo la derecha peronista -representada por José López Rega y una parte del sindicalismo – y la izquierda revolucionaria, encarnada por la JP, se enfrentaron, en las proximidades del aeropuerto internacional, por el dominio ideológico del movimiento.

Está claro que Verbitsky, siendo miembro de una organización guerrillera, cuenta la historia desde su parcial visión en una simplificación entre buenos y malos, en la que él, claramente, se ubicó en el bando de los primeros. 

Uno de sus objetivos de su libro fue dejar claro eso y lo plantea con un argumento discutible. “Mientras unos montaron un operativo de guerra (dice, por la “derecha”), con miles de armas largas y automáticas, los otros (por la “izquierda”) marcharon con palos de sus carteles, algunas cadenas, unos pocos revólveres y una sola ametralladora que no utilizaron”, describe a modo de defensa. Es decir que la calidad de buenos o malos estaba definida por el tamaño del arsenal que llevaban y no por las intenciones.

El libro, muy bien escrito y con un ritmo atrapante, abunda en cientos de detalles que dejan entrever la esencia del problema, más allá de las consecuencias medidas en muertes: esos dos pensamientos opuestos que quieren convivir en un mismo ámbito. El libro describe muy los pormenores de ese enfrentamiento de visiones de país.

Hoy, Cristina Fernández de Kirchner y el kirchnerismo en su conjunto, le cuestionan a Alberto Fernández la tibieza de su gestión. No ser el presidente de un Gobierno con el espíritu revolucionario que hubiesen querido, como continuadores de aquellos "estúpidos imberbes". Lo intentó con algunos gestos y declaraciones. Defendió a Nicolás Maduro, trajo la Sputnik, rechazó la Pfizer, se peleó con Sebastián Piñera, se abrazó a Putin. Hizo mucho, pero no alcanzó, porque él representa el otro lado del “movimiento”, el que acunó a Carlos Menem, el que empoderó a Domingo Cavallo, el que privatizó, el que criticó cuando CFK se radicalizaba y amparaba a Axel Kicillof.

Aunque haya muchas diferencias con el momento que narra Verbitsky, hay una similitud: la del un peronismo que, desde el poder, dirime su interna ideológica, ante la mirada absorta de la sociedad.

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