La campaña de Juntos, entre barrios hostiles y aliados imposibles

La campaña de Juntos, entre barrios hostiles y aliados imposibles

Los candidatos de Juntos están observando cómo se les complica ser acompañados por aquellos dirigentes que perdieron en las PASO del espacio en la mayoría de los municipios. Hubo lugares donde la diferencia fue tan estrecha que las rencillas no se disiparon sino que se profundizaron.

Alejandro Cancelare

Alejandro Cancelare

Un equipo de Juntos estaba sacando fotos y haciendo un comentario en uno de los barrios más postergados y, a la vez, más complicados por la inseguridad que tiene el Gran Buenos Aires. De pronto, un nene de poco más de doce años se le acerca a uno de los integrantes de la comitiva y le dice, en voz baja y de manera directa: “Me dicen que tienen dos minutos para agarrar todo e irse”.

El candidato y un par de ayudantes justo habían terminado de armar un video de dos minutos donde relataban la parálisis que sufren dos complejos habitacionales ubicados a la vera del Camino del Buen Ayre. Allí donde la gente vive hacinada y sin ninguna respuesta más que la ayuda directa.

Hacía ya tiempo se había levantado un centro de asistencia y usos múltiples que construyeron de manera conjunta la Municipalidad y el gobierno provincial de María Eugenia Vidal. El mismo fue incendiado y casi destruido. Jamás lo volvieron a levantar.

Este es el panorama habitual que tienen los dirigentes, oficialistas u opositores. Estos últimos, peor aún, porque saben que no podrán contar con ayuda policial inmediata. Hacía muy pocas horas, Horacio Rodríguez Larreta había estado cerca y, la verdad, todos se sorprendieron por lo “tranquila” que estuvo la caminata, en la que muchos comerciantes le pedían que ingresara a su local bajo amenaza de “no votarlos si no vienen”.

Sin embargo, además de la peligrosidad de los narcos que “coparon” varias franjas de los barrios marginales y no tanto, algunos candidatos que ganaron las internas en sus respectivos territorios tienen “otra lucha” y está relacionada con la complicidad que permanece intacta entre los antiguos dirigentes locales y los intendentes.

Pasa en todos lados, ya sea que el oficialismo sea del Frente de Todos o de Juntos para el Cambio. No importa. Con tal de que no gane el enemigo interno hacen alianzas con los jefes comunales de otro partido.

Entonces, la oposición debería poner la lupa de lo que le puede pasar en los municipios administrados por el peronismo kirchnerista y, viceversa.

En sus momentos de mayor lucidez, Carlos Raimundi, al criticar el Pacto de Olivos que trabó Raúl Alfonsín con Carlos Menem, describió que aquello sólo pudo ser posible por los pequeños pactos preexistentes que subsistían en los diferentes concejos deliberantes y en las legislaturas provinciales, fundamentalmente en la provincia de Buenos Aires, donde radicales y peronistas distribuían los roles según la necesidad de la ocasión.

En varios distritos como General San Martín, Lanús, Moreno, Merlo, Ituzaingó, Avellaneda, Quilmes, Almirante Brown, La Matanza y Tigre, entre otras localidades, y con más o menos ferocidad, estas ganas de que gane “el otro” se refleja entre muchos de los que fueron derrotados en las PASO de Juntos.

Lo mismo puede verse en Tres de Febrero, Vicente López, La Plata y Lanús, para reflejar la misma moneda pero desde otra cara. Allí la división peronista conspira contra sus propios candidatos locales.

La preocupación mayor está en los candidatos que ahora representa Diego Santilli a nivel nacional. Es que en este espacio hubo una interna muy potente con Facundo Manes, en la que la movilización ayudó al volumen del resultado final. El Frente de Todos, aunque ahora muchos lo lamenten, eligió no competir con diferentes listas entre sí.

Los estudios encargados por los equipos de Juntos están abocados a saber si pueden mejorar la performance de septiembre en las próximas elecciones generales y cuánto podrán retener los votos aportados por Manes. Pero no detectan un trauma como el que se describe más arriba.

Allí, donde dirigentes radicales o vecinalistas participaron y no ganaron, están escuchando y aceptando ofertas de los oficialismos locales. Mucho más si los derrotados son legisladores que no pueden aceptar la humillación del nacimiento de un candidato sin su aceptación previa.

Así, manejando lo mismo que movilizaron en las PASO para fiscalizar solamente, podrán tener, por lo menos, unos 1.500 o 2.000 referentes propios jugando para el equipo contrario. Eso se transforma en 3.000 o 4.000 votos si se saca de un lugar y se traslada al otro. Y ni que hablar si algún "dormido" le permite fiscalizar alguna escuela. Esta termina siendo "volcada" en contra. 

Si se multiplicara esto, daría la friolera de, por lo menos, 50.000 votos perdidos. Y mucho más si hay "entrega de escuelas". Esto es así porque los intendentes peronistas ya no esconden su intención inicial. Descontar todo lo que puedan en el tramo municipal y, si es posible, ganar por un punto o dos. El resto, Dios dirá.

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