El maleficio histórico que Axel Kicillof está cada vez más lejos de romper

El maleficio histórico que Axel Kicillof está cada vez más lejos de romper

Desde 1862, ningún gobernador bonaerense logró acceder a la presidencia de la Nación. Axel Kicillof, hasta hace poco, se perfilaba como un candidato firme a competir por el sillón de Rivadavia. Su imagen viene en picada y se alejan sus chances de romper la "maldición del gobernador bonaerense".

Horacio Alonso

Horacio Alonso

El último que lo intentó fue Daniel Scioli. Estuvo cerca, pero no lo logró. Después de dos mandatos como gobernador bonaerense, quedó a menos de 2% de romper un maleficio que, en 2015, cuando perdió la elección a manos de Mauricio Macri, arrastraba una historia de 153 años de frustraciones.

María Eugenia Vidal podría haber intentado ese desafío, aunque sus chances de candidatearse para el cargo más alto de la política, por distintos motivos, quedó en el camino. Al menos, por ahora.

Una nueva expectativa se abrió, hace dos años, con el triunfo de Axel Kicillof para gobernar la Provincia de Buenos Aires. Hasta no hace mucho, la euforia kirchnerista lo colocaba como el preferido de Cristina Fernández de Kirchner para encabezar la fórmula presidencial del 2023.

En los últimos meses, su imagen viene cayendo y el resultado de las PASO confirmó esa tendencia. En noviembre, se ratificará o no su retroceso político.

El manejo de la pandemia, el cierre de las escuelas, la falta de resultados económicos, la confrontación permanente y la inseguridad, que en las últimas horas lo sacudió con tres crímenes en su territorio, están horadando su candidatura.

Lo cierto es que la implosión que está viviendo el Frente de Todos, los cuestionamientos internos, los pases de facturas y un futuro incierto de esa alianza política cambiaron el panorama. Hoy es uno de los dirigentes que menor consenso tiene en la sociedad y revertir ese hecho no le será fácil.

Difícil prever lo que sucederá en 2023, pero está claro que las chances de Kicillof de soñar con llegar a la presidencia de la Argentina, tomando la situación actual, son menores a un año atrás. Varios políticos se sumarán a la competencia, algo que hasta hace poco no estaba en los planes.

De esta manera, el karma histórico de que un gobernador bonaerense no pueda llegar por el voto popular al sillón de Rivadavia, agrandará su vigencia.

Hay que remontarse a 1862, cuando Bartolomé Mitre se convirtió en el primer y único mandatario bonaerense en llegar a la presidencia de la Nación. Nadie, desde entonces, alcanzó semejante objetivo. 

Adolfo Alsina fue el primero que lo intentó, después de dos años al mando de la provincia, pero tuvo que conformarse con ser el vice de Domingo F. Sarmiento en 1868. Dardo Rocha -primer mandatario de Buenos Aires tras la federalización- vio su sueño presidencial frustrado en manos de Julio A. Roca, quien impuso a su cuñado, Miguel Juárez Celman, para ocupar el máximo cargo de la Nación en 1886. Bernardo de Irigoyen buscó realizar el camino de manera inversa: compitió infructuosamente por ocupar el sillón de Rivadavia en 1886 y 1892, pero llegó a la gobernación en 1898.

Esto no desalentó a otros mandatarios bonaerenses a pretender quebrar el incipiente maleficio en la primera mitad del siglo pasado. El conservador Marcelino Ugarte fue el primero en hacerlo en 1910 y 1916 con escasa fortuna. Después siguieron, con la misma estrella, el filofascista Manuel Fresco, el conservador Rodolfo Moreno y hasta Domingo Mercante, el gobernador peronista que se proyectaba a ser el sucesor de Juan Domingo Perón y terminó siendo expulsado del partido por desavenencias con su líder.

Oscar Alende gobernó la Provincia entre 1958 y 1962, durante la gestión de Arturo Frondizi, que fue interrumpida por un golpe militar por el triunfo en Buenos Aires del sindicalista peronista Andrés Framini en tiempos de la proscripción. Un año después compitió por la presidencia contra Arturo Illia y, sin el apoyo de su jefe político Frondizi, quedó en segundo lugar, convirtiéndose, tal vez, en quien estuvo más cerca hasta entonces de emular a Mitre.

En los tiempos más recientes, con el retorno de la democracia en 1983, hubo otros que soñaron con deshacer el hechizo. Antonio Cafiero, impulsor de la renovación peronista, ganó la gobernación en 1987 y dos años más tarde compitió por la candidatura presidencial -en el debut de las elecciones internas del partido- contra el binomio Carlos Menem-Eduardo Duhalde. El gobernador riojano se impuso y luego logró llegar a la Casa Rosada. Su compañero de fórmula se presentó como candidato a gobernar la provincia en el 91. Cuatro años después, en el 95, Duhalde insinuó competir por la presidencia, pero la reelección de Menem se lo impidió. Sí lo hizo en el 99 pero, otra vez, el sino maléfico mostró su poder y Fernando de la Rúa fue quien se impuso. Luego, se convirtió en presidente, pero no por elección.

Todos lo soñaron, ninguno pudo. Kicillof tiene esa chance, pero la realidad política que cambió en los últimos meses, parece haberle complicado las posibilidades de lograrlo.

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