En la radicalización, todos son neoliberales (hasta Néstor)

En la radicalización, todos son neoliberales (hasta Néstor)

En los últimos tiempos, el kirchnerismo generalizó el calificativo "neoliberal" para cualquier economista o funcionario que, simplemente, no coincida con la visión radicalizada.

Carlos Burgueño

Carlos Burgueño

"Neoliberal". Sin mayores preámbulos que las críticas a su estrategia fiscal planificada para el 2021, la diputada Fernanda Vallejos calificó así a Martín Guzmán. Para un kirchnerista, en términos económicos, es el peor insulto; acuñado en los laboratorios político- económicos- discursivos de la verba de Axel Kicillof, y destinado originalmente a todos aquellos economistas que manejaron los destinos macro del país en los '90.

Sin embargo, en los últimos tiempos, se trató de un calificativo que el kirchnerismo generalizó, básicamente, a cualquier economista o funcionario que, simplemente, no coincida con la visión radicalizada que el ahora gobernador de la provincia de Buenos Aires impuso como línea ideológica para los seguidores más cercanos de Cristina Fernández de Kirchner. Habría así una especie de frontera marcada a fuego donde de un lado estarían los buenos, quienes defienden las posiciones financieras, monetarias, cambiarias y macro del kirchnerismo; y por el otro "los neoliberales". Sin más matices que estos. ¿Es justo?, o simplemente, una muestra más del sectarismo y radicalización en la que entró el kirchnerismo en estos tiempos.

Hagamos primero una breve referencia histórica para la definición del término "neoliberal". Según la teoría, quién más estudio el término es el Ha-Joon Chang, quién describió las principales características del neoliberalismo como la búsqueda del libre comercio internacional, un Estado mínimo con un Banco Central autónomo, privatizaciones, reducción del gasto público, desregulación financiera, la reducción de impuestos (incluyendo a los más ricos)  con el fin de impulsar una "economía de la oferta", bajo la teoría de la filtración descendente, también conocida como "teoría del derrame", así como los "planes de ajuste estructural" y el apoyo al proceso de globalización.

Se entiende a las experiencias de Ronald Reagan (1981- 1989) en Estados Unidos y Margaret Thatcher, en el Reino Unido (1979- 1990) como los puntos máximos de aplicación en el terreno real. Se referencia al gobierno de Carlos Menem (1989- 1999) como la aplicación de las ideas en la Argentina; aunque en términos algo limitados a algunas políticas concretas y no de manera universal.

Al menos esto es lo que afirman los verdaderamente "neoliberales". Fue en los albores del "Bolivarianismo" a comienzos del siglo en que el término adquirió un vuelo político, ante una declaración del 2003 de Hugo Chávez que describió a la crisis económica que atravesaban varios países de la región como una consecuencia de un "exceso de neoliberalismo". La frase fue lanzada en una cumbre del Mercosur en Asunción del Paraguay, donde Néstor Kirchner debutaba en las ligas internacionales de la región. El expresidente tomó el concepto de la misma manera peyorativa que el venezolano, y finalmente terminó extendiéndose como el leit motivo del combate económico de la corriente política naciente. Con el tiempo, fue uno de los misiles de las batallas deliberativas del kirchnerismo, potenciadas en tiempos electorales y destinadas a la oposición en todas sus ramas; especialmente con todo lo que tenga que ver con el fallido macrismo gobernante.

La novedad de la última semana es la inclusión de Martín Guzmán y su política aplicada especialmente durante este ejercicio en el listado de neoliberales de ayer, hoy y siempre. ¿Es justo?.

Primero, cuáles son las ideas económicas del ministro de Economía. Formado en la Universidad de La Plata, experimentó un crecimiento intelectual en la Universidad de Columbia como discípulo preferido de Joseph Stiglitz, especializado en estudiar nuevas alternativas más justas en los procesos de reestructuración de deudas. Con su mentor participó activamente en el programa Initiative for Policy Dialogue, un instituto fundado en 2000 por el propio Stiglitz y que tienen como misión analizar alternativas para el desarrollo económico planteando críticas a las políticas globalizadoras, fiscalistas y a los programas restrictivos recomendados por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Dicho en otros términos, un frente internacional combatiente del neoliberalismo, creado y desarrollado para crear alternativas a esa tendencia dominante. Guzmán concentró toda su carrera profesional, institucional, académica y, ahora, como funcionario, en ser un crítico activo y duro del neoliberalismo en todas las variantes, incluyendo las menos radicales, pero dentro de la racionalidad. El ministro sabe que cualquier tipo de éxito económico alternativo a las visiones reduccionistas de la intervención del estado y la globalización, deben mantener las reglas básicas, universales y, hasta hoy, comprobadamente exitosas en países no "neoliberales": la estabilización de variables macroeconómicas y el mantenimiento de las expectativas de sanidad en el manejo de las cuentas públicas en el tiempo.

Considera esta escuela fundada por Stiglitz (y está perfectamente expresado en sus múltiples libros), que un estructuralista o neokeinesiano debe mostrarse aún más que un liberal, defensor del equilibrio macroeconómico general para que los factores de la producción confíen en su propuesta. Esto es lo que propone Guzmán en estos tiempos: una búsqueda sana y clara del sendero que deberá llevar el país al superávit fiscal, una balanza comercial superavitaria, una deuda reestructurada que sea financiable en los mercados ya que pagarla es imposible, una recaudación  que se mantenga por encima de la inflación y sea el faro que indique donde debe parar la expansión monetaria, y el sostenimiento de las restricciones cambiarias, pero con la meta de su reducción y posterior eliminación en el momento en que el país muestre equilibrios que traigan confianza en la moneda.

Todo esto más allá de un estado dueño de la visión desarrolladora, interviniendo directamente en la formación de una masa crítica de industria local que fomente el crecimiento a partir del fortalecimiento del mercado interno. El resto de los sectores, incluyendo el financiero (con tasas de interés reguladas), deberían subordinarse a aquella meta básica.

En cualquier país normal y para cualquier analista lógico del globo terráqueo, se trata de una visión neokeynesiana  intervencionista. Para un liberal, serían las expresiones de los enemigos del desarrollo y la libertad económica. Y una traba para el crecimiento del país. Sin embargo, para el kirchnerismo, Guzmán es, o se convirtió, en neoliberal. ¿Por qué? porque procura que la expansión del gasto público deba estar en línea con el resto de las variables macroeconómicas, para que la economía no termine en un desquicio peligroso con un déficit fiscal imposible de financiar con fuentes sanas. O poco peligrosas. Se contó en esta líneas cual es el plan Guzmán diseñado para la campaña y que generó parte de la asonada de Cristina Fernández de Kirchner.

El ministro de Economía le garantizó a la coalición gobernante que hay disponible mucho dinero para avanzar en políticas activas en el intento para convencer al electorado esquivo; y que los fondos podrían llegar a un nivel cercano (o levemente superior ) a un punto del PBI. En términos contantes y sonantes, se trata de un total de unos 450.000 a 500.000 millones de pesos para acelerar partidas hasta el 14 de noviembre; sin alterar la barrera impuesta (y para el infranqueable) por el Presupuesto Nacional 2021; que indica la frontera de un desequilibrio entre ingresos y gastos de no más del 4,5% del PBI. La intención original de Guzmán era cerrar el ejercicio con un déficit primario de no más de 4%, como bandera dentro de la negociación que retomó ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) para un acuerdo facilidades extendidas que debería firmarse antes de fin de año. Al menos esto fue lo acordado en su momento con el kirchnerismo, antes de comenzar la campaña electoral. Según el ministro, esa barrera de 4,5% no impide que no pueda haber expansión monetaria en los próximos dos meses clave para que haya esperanza de mejorar la perfomance electoral del domingo pasado. Pero insiste en que superar ese nivel podría empeorar la situación económica difícil, especialmente en cuanto a las presiones inflacionarias y cambiarias. Y, obviamente, también las proyecciones de metas fiscales y monetarias en su negociación con el FMI.

Para el kirchnerismo, es algo inaceptable. Pensar en una política económica que tenga la búsqueda de la razonabilidad fiscal como norte, es impensable, insostenible e imperdonable. Y contrario al mandato ideológico del movimiento y enemigo de las metas populares. En otras palabras: es Neoliberal. Y aquí radica el eje de la discusión y el conflicto económico que Cristina Fernández de Kirchner mantiene con Alberto Fernández. El gobierno debería hoy, según la vicepresidenta, acelerar el gasto público, llegar a la ejecución de más de dos puntos porcentuales del PBI sólo en la campaña, y diseñar un proyecto de Presupuesto 2022 con una mayor expansión del gasto. Es lo que hizo Cristina Fernández de Kirchner en sus dos gestiones y lo que debería hacerse ahora. Aunque no haya plata.

Reflexión final sobre la historia del kirchnerismo. ¿Cuáles fueron los mejores años de ese movimiento? Los años que realmente cambiaron al país y crearon al kirchnerismo como referencia política inevitable de estos tiempos históricos de la Argentina?. Fueron los tiempos originales donde Néstor Kirchner manejó a mano dura la política y la economía del país. El ex presidente tenía una concepción algo primaria del manejo de las cuentas públicas, basada en una máxima que respetó a rajatabla: lo que ingresa nunca puede ser superior a lo que se gasta. Y, en todo caso, hay que tener más dinero para gastar (y conseguirlo como sea). Pero nunca incurrir en déficit crónicos.

Fue la política que aplicó entre el 2003 y el 2009; cuando la tendencia comenzó a declinar, ya con Cristina Fernández de Kirchner en el poder. En 2003 el superávit primario (antes del pago de intereses de la deuda) ascendió al 2,3% del PBI y el fiscal (después del pago de intereses y antes del de amortizaciones), al 0,5%. En 2004, Kirchner sobre cumplió su repetida meta del 3% de ahorro primario: 3,9%. El superávit fiscal llegó al 2,6%. En 2005, año del canje de deuda en default, el primario fue del 3,7% y el fiscal, del 1,8%. En 2006, el primario siguió bajando, al 3,5%, y el fiscal se mantuvo sin cambios. En 2007, año electoral, el primario cayó a 3,2%, pero hubiera sido del 2,2% si no fuera por los ingresos extraordinarios de la reforma jubilatoria que daba a los aportantes de las AFJP la opción de volver al sistema estatal.

El ahorro fiscal descendió al 1,1%, pero hubiese sido del 0,2% sin esos fondos. En 2008, pese al conflicto agrario y el estallido de la crisis mundial, el superávit primario subió al 3,2% y el fiscal, al 1,5%. En 2009, año en que la economía local se contrajo 2,2% por la crisis mundial, el superávit se contrajo a  1,6% y el resultado fiscal fue deficitario en 0,6%. Curiosamente ese desequilibrio se financio con el envío de Derechos Especiales de Giro (DEGs) desde el FMI. Finalmente, en 2010 el déficit llegó al 0,6%, en una escalada que en 2015 alcanzó casi al 6% del PBI. Se financió con la caída de reservas y la emisión monetaria, disimulando la inflación con la demolición del INDEC. A los ojos de Vallejos y kirchneristas similares, la de Néstor Kirchner habría sido una política fiscalista, restrictiva y lejana al "mandato de las urnas". Néstor Kirchner habría sido un neoliberal.

 

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