Pedro Vargas, el espía de San Martín: “La patria necesita que usted sea un traidor”

Pedro Vargas, el espía de San Martín: “La patria necesita que usted sea un traidor”

Una operación de espionaje e inteligencia armada por José de San Martín que tiene varios actores. Pedro Vargas, "Los Simuladores" y una historia oculta que apasiona dentro de la gesta del prócer que vivió en Mendoza.

Gustavo Capone

Gustavo Capone

De lejos lo percibió charlando con un grupo de soldados. Lo llamó a su despacho de El Plumerillo y cerró la puerta. “¿Vargas, hasta dónde ama usted la patria y qué estaría dispuesto a sacrificar por ella?”. Punzante y mirándolo a los ojos preguntó San Martín. “Haría lo que la patria necesite, mi Señor Gobernador”, respondió el comerciante mendocino Pedro Vargas.

Así habría comenzado una de las historias más sorprendentes de la gesta libertadora.

La guerra de zapa moderna, otra creación sanmartiniana

Ya lo escribí antes. Vale la pena repetirlo. Una vida de novela fue la que llevó Pedro Vargas. Insospechada. Un mendocino de perfil bajo, que vivía como un ciudadano más, en medio de una tradicional familia y que siguió a rajatabla una estratégica misión encomendada por San Martín

Ese fue Vargas, “el hombre ideal para la tarea puntual” quien se anticipó, aunque cueste creerlo, un siglo a hechos reales que acaecerían durante las Guerras Balcánicas ya finalizando la Primera Guerra Mundial cuando se enfrentaron griegos y nacionalistas turcos a partir de la ocupación de Esmirna (ciudad de Turquía sobre el mar Egeo).

Entonces, ¿qué relacionará aquello pergeñado por San Martín y Vargas durante los tiempos de la campaña libertadora con esos sucesos mundiales cien años después?

Un “culebrón” televisivo recreó la historia de aquel turco inspirado en la vida real de Mustafá Mümin Aksoy (1892 – 1948). “Mi vida eres tú” se llamaba la megaproducción donde los personajes de ficción: “Azize”, la esposa enfermera, y “Cevdet”, el esposo y supuesto militar traidor, encarnaban los papeles protagónicos de una trama novelada en el corazón de Asia Menor que parecía hubiera sido escrita por José de San Martín en Mendoza durante 1816.

 “En el momento de planear y emprender la organización del servicio de espionaje en Chile, San Martín debió abocarse al problema creado por la ausencia de antecedentes en la materia. Nada que pueda ser considerado como un Servicio de Informaciones, ni siquiera en embrión, existía en las filas del Ejército patriota. En esto San Martín se adelanta un siglo a los métodos y sistemas que permiten considerar a la labor de Inteligencia como fundamental y decisiva para decidir el curso de una guerra, estableciendo un criterio absolutamente adelantado para la época”. (Enrique Pavón Pereyra. “La guerra de zapa”. U. N. del Litoral. 1954).

San Martín como guionista y Vargas como actor

Pedro Vargas, un presumible “don nadie”, grabará su nombre a fuego como pieza clave de nuestra independencia convirtiéndose por un rato largo en “el Judas mendocino”. Estaba casado con la distinguida Rosa Corvalán y Sotomayor, descendiente directa de las más rancias familias fundadoras de la Mendoza colonial.

Pero antes de profundizar el escandaloso bochorno del cual Vargas fue el actor principal debemos considerar algunas notas.

San Martín le dará a la “guerra de zapa” una relevancia extraordinaria. Desde Mendoza montó una red de tareas de espionaje y contraespionaje que operará en Cuyo, Buenos Aires, Chile y Perú, en la que no faltaron las operaciones de acción psicológica haciendo circular la mayor cantidad posible de información falsa y publicaciones con noticias distorsionadas para provocar desinformación en los enemigos.

“Voy consiguiendo que el enemigo se divida, (entonces) la guerra de zapa vale mucho”; textual de San Martín al ver como las numerosas tropas realistas se dividían creyendo que el ejército pasaría la cordillera por el Planchón (sur de Mendoza) y extendieron sus fuerzas en un radio de aproximadamente 1.000 kilómetros, cuando en realidad el grueso del ejército libertador pasó por Los Patos y Uspallata.

La correspondencia entre el general español Rafael Maroto, a quien le correspondió hacer el informe oficial sobre la derrota española en Chacabuco para el virrey del Perú, Joaquín de Pezuela, lo corroborará: “el insurgente San Martín, con falsas llamadas, cartas estudiosas, que acaso dejaría interceptarse y otros artefactos, logró divertir al señor Capitán General, Marcó del Pont, figurando que su acometimiento era por tres puntos y el principal por el camino que llamaban del Planchón”. (Mariano Torrente: "Historia de la Revolución hispano-americana”. Madrid. 1829).

“Los simuladores”

La organización confidencial estaba exclusivamente coordinada por San Martín, quien diagramó dos sistemas de acción: el “celular”, concentrado en la búsqueda de informaciones que incluirán una red de agentes en una zona y el “radial”, con un objetivo puntual, efectuada por lo que se llama en espionaje y terrorismo: “el lobo solitario”. Por ejemplo, la acción de Juan Pablo Ramírez, alias “Antonio Astete”, quien reportó las posibles zonas donde se libraría el combate de Chacabuco e individualizó la mayoría de los espías que los españoles introdujeron en Mendoza.

San Martín pensó una operación de espionaje, inteligencia y contraespionaje. 

No han quedado muchos registros (lógicamente) de nombres, aunque si podemos destacar por las crónicas de Mitre y de Diego Barros Arana (“Historia General de Chile”. 1902) algunos personajes destacados que pasaban información desde el mismo centro del ejército español: Antonio Merino (alias: “el americano”); Diego Guzmán e Ibáñez, (“Víctor Gutiérrez”) que logró confeccionar una lista completa de oficiales españoles, sus planes de defensa y armamentos; Jorge Palacios (“el alfajor”), Nildo Vivar (“el quinto”) o el tropero Justo Estay, nombrado “Baqueano Mayor de Ejército”, con más de 30 cruces cordilleranos durante los tiempos de la campaña, llevando o trayendo información secreta.

Además, algunos fingieron ser deportados o escaparse de Mendoza por defender el ideario realista, como el caso de Pedro Aldunate y Toro, con importantes relaciones en círculos aristocráticos chilenos, Ramón Picarte (“Vicente Roxas”) o Antonio Ramírez. Destacaremos también a Juan Rivas (“Rivana”), Francisco Martínez, Bartolomé Barros, José San Cristóbal, Aniceto García, José Francisco Pizarro, Miguel Ureta, Pedro Alcántara Urriola, N. Graña, Francisco Perales, Domingo Pérez, Pedro Segovia, Isidro Cruz, Antonio Velasco, el comandante Santiago Bueras (“soldado bizarro”) o Domingo Torres por su acción en Lima, pero además algunos “alias”: Corro, Machuca, Tripilla, Fervor, Escabeche, que fueron ilustres anónimos, rescatados en distintas correspondencias.

Un rol trascendente en el engranaje le cupo al polifacético patriota Doctor Manuel Rodríguez (a) “El Español”, “Chancaca”, “El Alemán”, “Chispa” o “Kiper”, un experto en el arte del disfraz (fraile, pordiosero, vendedor ambulante), hacía de rengo, simulaba tener problemas mentales, cuyas imitaciones eran famosas y hasta era ventrílocuo. Escritor de los panfletos revolucionarios y eximio orador. Chileno emigrado a Mendoza tras la derrota de Rancagua. Rápidamente se ganó la confianza de San Martín.  La farsa empezó cuando San Martín lo hizo apresar por supuesto conspirador y éste simuló liberarse para escapar a Chile.  

San Martín le confió a Rodríguez la tarea de los sabotajes e insurrecciones populares en más de cien pueblos chilenos, contando con la ayuda del “guaso” José Miguel Neira, uno de los “bandidos rurales” más famosos de Chile.

Códigos secretos, panfletos “truchos”, sobornos, claves con palabras inventadas por si eran interceptadas fueron prácticas habituales. Por ejemplo: lluvia significaba expedición; nueces: soldados de infantería; pasas: soldados de caballería; uvas: soldados de artillería; higos: victorias peruanas; papas: pérdidas de los españoles; y tabaco se refería a una protección inglesa.

Las cartas eran escritas en lo que se llamaba “tinta simpática” o invisible, que no se dejaban ver en el papel hasta que se aplicara un reactivo conveniente, calor u otro agente químico. El jugo de cebolla, limón o manzana como tinta, fueron el arma de ese momento, ya que podían ser leídas al calor de una vela.

“Las simuladoras”

El espionaje pensado por San Martín no fue solo una cosa de hombres. En realidad, la gesta tuvo una clara presencia femenina.  “Mi sexo no ha sido impedimento para ser útil a la patria”, le escribió la esclava negra Josefa Tenorio a San Martín después de haber participado en el cruce de Los Andes pidiendo ser declarada libre de la esclavitud.

Pero un caso emblemático fue “Chingolito”, la joven mujer que logró seducir al máximo jefe español en Chile, Casimiro Marcó del Pont, y extraer información valiosísima. También Mercedes Sánchez, Carmen Uretra (condecorada posteriormente) y ayudante de Álvarez Condarco o Eulalia Calderón, quien desde la Posta de Las Catitas fue una informante confidencial.

Las chilenas Cornelia Olivares, vejada en la plaza pública al ser descubierta, Luisa Recabarren quien tuvo que recluirse en un convento y Agueda de Monasterio, luego descubierta, torturada, muriendo al tiempo, son un ejemplo del espionaje femenino.

“La contrainteligencia”

San Martín estableció una red de informantes en todos los accesos a Mendoza y en todas las postas. El ingreso a los cuarteles estaba restringido solo a soldados “con credencial”, además controlaba un padrón de habitantes de Mendoza donde contaba quién ingresaba o salía de la ciudad y estableció retenes especiales en todos los pasos cordilleranos. 

Eso permitió, más la tarea de los informantes, determinar que el agente español en Mendoza era el cura Pedro López. Fue detenido, al igual que sus colaboradores. Y lo curioso fue que San Martín le hacía escribir cartas al cura (presionándolo con fusilarlo) para ser remitidas al jefe español expresando lo que a la causa libertadora convenía (información falsa con el fin de confundir) pero con la firma del propio López.

Otro caso de contraespionaje fue la detención del fraile franciscano Bernardo García y de toda su red de informantes realistas en Cuyo más la captura de Francisco Silva quien siendo parte del servicio patriota hacía de doble agente español, pero fue detectado. Podríamos mencionar los casos Salcedo y Garfias como agentes españoles también aprendidos.

Ahora, Pedro “el godo” Vargas

Pedro Vargas Machuca del Cerro Jurado había nacido en Mendoza. Se había casado con Rosa Corvalán en 1803. Llevaba una vida tranquila y trabajaba en las propiedades de su suegro.

Conocido de San Martín por ser proveedor de materiales para el ejército. Fue ahí donde el General le propuso un plan ultra secreto. Debía convertirse en “realista” y generar confianza en otro espía español que San Martín ya había detectado: el acaudalo Felipe Castillo Alba, quien no solo era un informante de lo que pasaba en Mendoza sino también el financista de las operaciones españolas en Cuyo.

El plan empezó con exageradas manifestaciones públicas de Vargas donde claramente reivindicaba al rey español, denostaba la causa de la Independencia y fue acusado del incendiar unos galpones del ejército.  Tuvo que cumplir arrestos en San Juan y posteriormente en San Luis. Así todo el mundo se enteró que Vargas se había pasado al bando contrario. Sus bienes fueron confiscados y se le inició un juicio que podría terminar en fusilamiento.

De vuelta a Mendoza se lo paseó engrillado y semidesnudo por el centro mendocino con un cartel que decía: “godo traidor”. Escupido, azotado y soportando una tremenda pedrada fue sometido al escarnio público.

El escandalo tomó ribetes trágicos. Su familia lo rechazó con insultos y hasta imprimió una solicitada pública donde lo denunciaba por traición a la patria y a la honra familiar. Mientras tanto, la desconsolada Rosa, sin imaginarse nunca con qué “monstruo” había estado le pidió el divorcio. 

La noticia figuró en la primera plana de “La Gaceta de Santiago”, por ende, todos en Chile también se enteraron del caso. Se lo sometió a juicio, se salvó del fusilamiento, pero fue arrojado al exilio “realista” chileno donde fue recibido como un héroe por los españoles que con fervor vivaban: “¡Viva el rey! ¡Vivan los valientes realistas como Don Pedro Vargas!”

Desde ese momento Vargas pasó a “codearse” con el establishment español en Santiago y empezó inmediatamente a comunicarse con el agente Felipe Castillo Alba en Mendoza. Toda esa información tenía un doble curso; pasaba primero por San Martín. De ahí en más Castillo Alba le informaba cosas a Marcó del Pont que eran increíbles: “que la gente odiaba a San Martín”, “que el ejército se sublevaba”, “que San Martín atacaría por el sur”, “que tenía miedo de atacar y renunciaría”. Obviamente, escritas por el mismo General que había podido por la intermediación de Vargas, falsificar cartas con la firma del español, lo que deparó además que se enterará de los nombres de los contactos españoles en Cuyo. 

Nuevamente, Pedro “el patriota” Vargas

La última carta entre San Martín y Pueyrredón antes de partir el ejército a Chile abordó temas inminentemente políticos y militares. Pero hubo un párrafo sensible donde San Martín le confesó la verdad sobre la historia secreta de Vargas a Pueyrredón por si la muerte lo alcanzaba en la gesta libertadora.

Con el tiempo Chile fue liberada. En ese contexto San Martín le escribió a Luzuriaga en Mendoza:

"Señor Intendente y Gobernador de Mendoza, Don Toribio Luzuriaga: Ya es tiempo que cesen los sacrificios prestados en beneficio de la causa por D. Pedro Vargas: prisiones, multas y confinaciones, ha tenido que sufrir este buen ciudadano y sobre todo, su opinión. El adjunto despacho de Teniente Coronel que tengo el honor de incluir a M. S. y que con fecha 3 de junio he librado al Supremo Director del Estado en favor de este benemérito ciudadano, manifiesta la recompensa de sus servicios (José de San Martín - 20 de marzo de 1819)".

Inmediatamente después San Martín nombrará a Pedro Vargas como teniente coronel del Ejército de Los Andes y le serán devuelto todas sus propiedades y bienes. De golpe y porrazo, Pedro pasaba a ser nuevamente patriota, bueno y rico.

Trascartón, los Corvalán y Sotomayor esperaron con los brazos abiertos al redimido Pedro, mientras imaginamos que Rosa no tenía palabras para explicarle que ella nunca había dudado de él.  

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