El gran dilema docente en un contexto por demás convulsionado

El gran dilema docente en un contexto por demás convulsionado

El sector docente carga con una romantización sobre su rol en la sociedad. Sin embargo, son quienes deben resolver una multiplicidad de realidades que se plantean dentro de las aulas. Hoy, su pedido por un sueldo que les alcance para subsistir evidencia las postergaciones en materia de educación.

Zulema Usach

Zulema Usach

“Mire, ¿sabe lo que pasa? Yo mando a mis hijos a la escuela para que aprendan, no para que la maestra ande por ahí haciendo paro”, dijo el hombre mientras cortaba unos bifes sobre la tabla del mostrador. Su frase, más filosa que el cuchillo que sostenía, no tardó en resonar en la carnicería de barrio como un dardo hiriente. “Disculpe señor, pero yo acá no voy a comprar nada”, dio media vuelta una clienta que sin decir más, dejó en claro su defensa al sector de los/as educadores/as. “Se notaba que era docente”, apuntó otra mujer.

La secuencia ilustró en esos cortos minutos la lectura muchas veces sesgada que, desde algunos sectores, se mantiene respecto de la labor docente. Es que lejos de cualquier generalización, ese sector que hoy clama por poder pagar la comida de sus hijos, los impuestos y el alquiler, no es más que una multitud de personas que se formaron, nada menos, que para enseñar a generaciones de niños, niñas y adolescentes en saberes que necesitarán para toda su vida. Son ellos, quienes, después de todo, tienen a cargo la responsabilidad de impartir saberes, fijar contenidos, corregir errores e incentivar nuevos logros. Tienen a su cargo la educación de quienes en apenas unos años estarán a cargo de las decisiones.

Una parte de quienes trabajan de manera independiente, achaca a los docentes el hecho de no asistir a sus puestos laborales en el marco del actual paro. Lo que no siempre se alcanza a visualizar, es que en definitiva, si al docente, al médico, al enfermero o al empleado público no le alcanza el dinero, entonces la rueda deja de traccionar; el consumo decrece. Si la docente que ingresó a la carnicería iba a llevar un kilo de hígado en lugar de uno de cuadril, entonces las ganancias también iban a ser menores para quien emitió la cortante frase inicial: los que pierden, en realidad son todos. 

El dilema de educar en crisis

Pero eso no es todo. A los/as docentes de hoy les toca educar en crisis. Un dilema grande, complejo y profundo. Porque se trata, en suma, de una crisis que deja a miles de pequeños con la panza vacía antes de ir a la escuela; que no tienen un lápiz para escribir o un cuaderno donde hacer sus tareas. Una crisis económica atada a los conflictos sociales. Porque hoy, hay alumnos/as que no solo no tienen una mesa donde hacer sus tareas, sino que llegan a las clases con las lágrimas aún sin limpiar del rostro porque sus padres se quedaron sin empleo.

La pandemia devolvió a las aulas infancias entristecidas, dispersas por el exceso de pantallas. Encerradas en sí mismas. Entonces fueron docentes quienes afrontaron el desafío de "rearmar" mentes y corazones. Son maestras/os, profesores/as entonces, quienes pese a todos los desafíos están allí, buscando maneras de ayudar a niños y adolescentes. Les toca contener, denunciar, apelar a recursos extra e incluso sacar dinero de su propio bolsillo para colaborar, por ejemplo, con aquél alumno cuyos padres no pueden comprar un par de lentes para que pueda aprender a leer. A ellas, directoras, maestras y profesoras, se les estruja el corazón cuando las meriendas no alcanzan. Y casi siempre, encuentran maneras de resolverlo. 

¿Será amor? ¿vocación? ¿compromiso? ¿necesidad de cambiar realidades? O es todo en conjunto. 

Son docentes, las que movilizadas por la convicción de ayudar a sus estudiantes, acompañan, asisten y escuchan. Son ellas, incluso, las que en más de una oportunidad sacan turnos en centros de salud y son el oído donde se recepcionan todas las angustias adolescentes. Son docentes, de hecho, aquellas que por la sola convicción de colaborar en medio de la crisis, organizan colectas, ferias de platos y sorteos para alivianar la carga de alguna familia que se quedó sin el pan. Pintan, con la idea de dejar "la escuela más bonita para los chicos", rejas y portones. Son las que se arremangan para remendar aquí y allá las fisuras de un sistema que pone en jaque miles de necesidades. 

Pero además, son docentes quienes corren con la obligación de aggiornar su modalidad de enseñanza y mantenerse actualizadas a las nuevas tendencias educativas. Tomar a cada niño, niña o adolescente en su especificidad. Dar contenidos en el aula y que estos sean aprendidos por los/las alumnos/as. ¿Es posible con aulas de cuarenta estudiantes? O lo que es aún más complejo de imaginar, ¿se puede lograr esa exigencia cuando se estuvo en seis cursos distintos en tan solo un día? Lo cierto, es que no. Lejos de ser una masa intangible y etérea “los docentes”, nuevamente, también son seres humanos; que se enferman y que pese a todo, siguen con su labor fuera de la escuela, cuando exhaustos/as y con la responsabilidad de responder a las demandas personales, deben llegar a su hogar y corregir exámenes, planificar actividades y cargar datos actualizados en el sistema.

La vara del juzgamiento

 “Los docentes” son el sector señalado como quienes, estando a cargo de la educación, no logran transmitir contenidos para que niños y niñas aprendan algo tan básico y fundamental como leer y escribir; interpretar un texto o dejar llevar su imaginación con un cuento. Lo que se pasa por alto en el fondo, es que si el largavista con el que se analiza la realidad amplifica la mirada, entonces el foco estará puesto en las políticas educativas que a lo largo de décadas socavaron las bases del aprendizaje.

Docentes de hoy, cargan con la mirada juzgadora de padres y madres, enojados/as si existe un límite por mal comportamiento o si reprueban una evaluación. Motivos suficientes para recibir amenazas o insultos, para quedar expuestos/as y escrachados/as en las redes sociales. Para decir, inclusive, adiós a una institución que por miedo les dio la espalda.

Romantización que pesa

Pero hay más: sobre los/las docentes de hoy pesa aún una lectura “romantizada” de la educación, esa que hace de una profesión una especie de relego absoluto de la propia vida en función del ideal de ejercer un determinado rol social. “Pero si la maestra sabe que si eligió ser maestra será pobre toda la vida”, se escucha en una charla de café. ¿Es esto así? ¿Debe ser así? ¿Por qué?. Tal vez un dato ayude a dilucidar ese estereotipo de sacrificio permanente; esa naturalización de un deber que incluso  (desde el imaginario colectivo) suele estar ligado a lo "maternal": más del 80% de la población mendocina a cargo de la educación está conformada por mujeres. Buena parte de ellas, con hijos e hijas en edad escolar a cargo. 

“La biblioteca destinada a la educación universal, es más poderosa que nuestros ejércitos”. La frase, pregonada nada menos que por José de San Martín viene a sellar una necesidad que desde hace años se ha transformado en un grito urgente en la voz de quienes sueñan con una educación de calidad para la población argentina.

A los/las docentes hoy se les acusa de “atentar contra los derechos del niño” por ejercer su derecho al reclamo. Reclamo que en realidad, a nadie le “gusta” sostener. Porque, claro está, no es una situación deseada salir a la calle a pedir un sueldo que permita al menos, llegar a cubrir las necesidades mínimas. Porque una vez que el paro cese, su tarea frente al aula seguirá; muchos/as volverán a tomar colectivos desde la madrugada; escucharán a sus alumnos/as que regresaron a la escuela sin haber podido pegar un ojo en la noche por la tristeza. Serán ellos y ellas quienes empujados por su deber de seguir educando darán vida a las escuelas este jueves. Entonces, ¿habrán quedado conformes?

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