Angustia y esperanza de un argentino que recibe refugiados ucranianos en España

Angustia y esperanza de un argentino que recibe refugiados ucranianos en España

Juan es argentino y actualmente vive en Madrid, donde el último mes trabajó en un centro para recibir refugiados ucranianos. "Es más duro de lo que se escucha en las noticias", afirma y comparte su esperanza en medio de tanta angustia que deja la guerra.

Giza Almirón

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Juan de Riso es argentino, se recibió de psicólogo y ha trabajado siempre en los ámbitos educativo y social, ya sea con un empleo formal o como voluntario. Este año decidió irse a Madrid a hacer un máster y, en ese contexto, lo sorprendió la guerra de Rusia-Ucrania.

A lo largo del último mes, Juan estuvo trabajando como integrador social en organización de ayuda al refugiad, una de las organizaciones que actualmente reciben a los refugiados ucranianos en la capital española. En el centro de primera acogida en el que estuvo el joven hay unas 70 y 80 personas de las miles que huyeron a distintos países, en el marco de “la segunda migración más importante de Europa, después de Segunda Guerra Mundial”, tal como dice Juan.

La mayoría son mujeres solas con sus hijos e hijas

“Son muy exigentes con lo relativo a la protección de datos”, explica el argentino, por lo cual hay cierta información que no puede compartir, como historias personales de los refugiados, en qué consiste todo el proceso de acogida y dónde los alojan, entre otras cosas. Esta exigencia surgió a partir de los casos de trata y secuestros, sobre todo de niñas, niños y mujeres, que se conocieron las últimas semanas.

Juan se muestra conmovido por la situación: “Es más duro de lo que se escucha en las noticias. Salir de tu hogar, dejar a tus seres queridos, viajando durante semanas en trenes de carga y en colectivos, sin confiar en los voluntarios por los mensajes que reciben de otros refugiados desaparecidos”.

Si bien hay hombres, muchos se quedan en Ucrania, por lo cual lo más común es que lleguen mujeres solas, con sus hijos e hijas. En el centro de primera acogida, donde también hay trabajadores sociales, intentan resolver sus necesidades básicas: trámites, salud, higiene y comida. Juan reconoce con agrado la labor actual de España: “Están agilizando trámites y recibiendo a la gente con prontitud. Son muy conscientes de lo que les está pasando en Ucrania”.

"La segunda migración más importante de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial", dice Juan

Lo que le impacta especialmente a este joven es el hecho de ver que los refugiados ucranianos deben “convivir con la pérdida constante, con la incertidumbre de que perdiste todo, de que tu país no será lo mismo, que mueren compatriotas. Y, además, estar pendiente de la gente que quedó allá, a veces no tener señal y no poder comunicarse”. 

La guerra no diferencia clases sociales: hay quienes tienen recursos económicos y hay quienes viajan con su ropa y alguna valija. Hay quienes huyen para evitar mayores tragedias y hay quienes dejaron su tierra porque explotó una bomba al lado de sus casas y vieron morir a sus vecinos. En un contexto de mucha angustia, de incertidumbre y ansiedad por lo que va a pasar, Juan ve la tristeza en las caras de mujeres y hombres que llegan al centro de primera acogida. En el caso de los niños y niñas, “se juntan con los de su edad, se hacen amigos entre ellos, buscan cosas para hacer juntos. Los niños tienen esa fortaleza, mientras el adulto está preocupado por otras cuestiones”.

“Cada día que pasa la desesperanza es mayor”, dice Juan. Muchas personas esperan que termine la guerra para poder volver y otras intentan construir una vida en los lugares en que los reciben, sabiendo que ya no regresarán a Ucrania. “Rescato la solidaridad de la gente española y de los mismos ucranianos. Enseguida todos están a disposición de lo que haga falta. Hay mucha empatía, se ve a la gente salir del propio ombligo para dar una mano”, cuenta el argentino.

Tener una mirada esperanzadora en el medio de una guerra es un desafío, tanto para quienes sufren las consecuencias directas como para quienes deciden acoger a las personas que huyen de su país. Juan mira más allá de la angustia en los rostros de los refugiados ucranianos atravesados por la incertidumbre por la propia vida y la de los seres queridos, y afirma que es una luz de esperanza “el agradecimiento de los refugiados con quienes los reciben y que, a pesar del límite por el idioma (ya que muchos ni siquiera hablan inglés), demuestran sentirse acompañados”.

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