El reloj rojo: la aventura infantil de cruzarse al otro lado de la ley

El reloj rojo: la aventura infantil de cruzarse al otro lado de la ley

Ir de compras también es una aventura para los niños. Claro, los supermercados de antes no eran lo que soy hoy. Sin embargo, había objetos innecesarios, pero tentadores; elementos de deseo, golosinas, juguetes y ese reloj rojo.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Me sentía mayor, había crecido, ya no era osito en el jardín de cinco de la escuela a la que iba; estaba en primer grado, sumergida en el maravilloso mundo de la lectura y la escritura, de la mano de la señorita Mirta. Por la calle con mi mamá, o mi abuela, me detenía a mirar todos y cada uno de los carteles que veía, intentaba decodificar esa combinación de letras que configuraban una palabra y que pocos meses antes no comprendía: ahora cobraban sentido. Por esos días la felicidad era leer letreros en voz alta.

Faltaban pocas semanas para mi cumpleaños y el invierno estaba en franca retirada ante el tímido avance de la primavera. Todavía no era de día cuando mi hermano -que era un bebé-, se despertaba para pedir su leche. Pero la oscuridad y las estrellas se alejaban cada vez más rápido y se empezaban a percibir movimientos que significaban que la vida se abría camino: los insectos circulaban sobre los brotes de las plantas y los pájaros se dejaban ver y se escuchaban desde temprano; el aire que se sentía sobre la piel era más amable y liviano. Me sentía como la protagonista de un cuento que todavía no se escribía pero percibía que la primavera me traería una aventura.

Un clásico de esa época. 

El fin de semana me habían llevado a ver la historia de Bernardo y Bianca, dos ratones héroes que con astucia, trabajo en equipo, y la justicia de su lado, rescataban a una niña húerfana de las garras del mal. La mala, en este caso, era la personificación de la desmesura: Madame Medusa, un gran antecedente de la maravillosa Bruja del Mar de la Sirenita -también versión Disney-. Medusa era una villana cegada por la ambición de riqueza; un personaje desquiciado, dispuesto a todo por conseguir “el ojo del diablo”, el diamante más grande del mundo. Yo quería ser Miss Bianca, una heroína decidida, inteligente y siempre elegante.

El funcionamiento administrativo de la casa en la que vivía mi pequeña familia estaba a cargo de mi madre; ella manejaba con pericia y rigor -que serían la envidia de cualquier magíster en administración de empresas- un presupuesto adecuado para que su hogar funcionara sin sobresaltos. Por supuesto que para lograr ese resultado debía buscar y rebuscar -sin la ayuda de google, ni orientación de dispositivos de geolocalización- ofertas y rebajas. Buscaba y perseguía precios convenientes de la mercadería que necesitábamos durante casi todo el tiempo que no estaba trabajando. Era una casa donde nunca faltó nada y tampoco sobraba demasiado.

El bebito recién nacido no, porque era muy chico y se quedaba en la casa, pero yo moría por acompañar a mi mamá de compras al supermercado; así podía persuadirla y agregar en el carrito todas esas golosinas que me fascinaban: los chocolates Jack -sobre todo porque traían un muñequito-, los caramelos sugus, o varios chicles jirafa y bazooka; esas gallinitas de azúcar rellenas de almíbar y cantidades industriales de gomitas. Mi madre, en cambio quería llevar bizcochitos, unas obleas que no me gustaban -las que yo quería, que eran las champagne, estaban vedadas probablemente por su precio-. Cerca de la mitad de todo eso que yo lograba cargar en el carro desaparecería en el transcurso de ese mismo día. El resto, con mucha suerte, tal vez iría a parar a la mesita petisa que montábamos con el mayor de los primos varones de mi Tribu para vender esos dulces en el tedio interminable de las siestas.

Los supermercados de aquel entonces no se parecían demasiado a los que recorremos hoy. Eran más como un almacén grande con autoservice; un poco más oscuros, un poco menos lustrosos y relucientes que los enormes salones confortables para encontrar los productos a los que estamos acostumbrados por estos días. Ofrecían y exhibían bastante menos variedad y diversidad de artículos, envases y marcas: sin embargo a los ojos de una niñita de seis años, todo, absolutamente todo, brillaba y resplandecía. Me admiraban esas torres de latas en equilibro y ejercían una fascinación que me llevaba a querer sacar siempre alguna ubicada en la base: varias veces mi madre me frenó a tiempo para evitar un derrumbe total.

Los "Súper" de ahora están hiper iluminados. Antes, no era igual. 

De pronto se me antojaba comprar un trapo rejilla que no usaba para nada, o una caja de fósforos porque me gustaba el dibujito del embalaje. Empezaba así una especie de carrera de postas que desarrollábamos con mi mamá donde yo me apuraba y buscaba cosas innecesarias que de repente me parecían imprescindibles y las tiraba dentro del carro y ella, con su paciencia infinita, sacaba una por una y colocaba prolijamente en su lugar de origen. Así durante una hora, que a ella le deben haber parecido cuatro.

Hubo uno de esos días en el que se combinaron tal vez un exceso de azúcar, una sensación de haber adquirido la habilidad manual y la astucia de un ladrón de guante blanco, o esa mezcla entre mareo y aturdimiento que me provocaban los supermercados con tantos productos y opciones innecesarias, que yo quería sí o sí comprar. O quizás quería protagonizar una historia, pero no advertí que para ser la heroína tenía que estar en el otro bando. Lo cierto es que estábamos llegando al final del recorrido por las estanterías y góndolas, y a esa altura de la tarde la caja para pagar, le parecía a mi madre, una isla que divisaba después de dos días de remar a la deriva en una balsa. 

Mientras ella elegía una lata redonda y bastante pesada de dulce de batata -que constituía uno de los postres más frecuentes que se servían en su mesa- mis ojos se dejaron magnetizar por algo que brillaba a lo lejos. Lo vi y sentí que no podría abandonar esos pasillos sin su compañía, tal vez me podía transformar en la elegante Bianca. Era un reloj de plástico rojo, similar a esos que se ponían en las piñatas y en las bolsitas de cumpleaños. No tenía nada especial. No daba la hora, sus agujas no se movían: permanecían tiesas, estáticas, siempre en las 12.15, pero el color de la manzana más colorada y luminosa que alguien podía imaginar me atraía irrefrenablemente: fue amor a primera vista. Esa pulsera escarlata tenía que adornar mi muñeca, no había ninguna otra posibilidad.

Me acerqué tímidamente a mi madre, después de haber sugerido la compra de veintisiete productos que ella no quería, no podía, y no necesitaba comprar, y le consulté si me podía llevar ese maravilloso, inigualable y único reloj rojo. La pobre ya no era capaz de escuchar un solo pedido más. Seguramente no entendió ni lo que le dije, pero su respuesta fue contundente y no dio lugar a segundas interpretaciones: -No.

La prudencia que siempre me ha caracterizado me abandonó por completo esa tarde, era como si ese plástico colorado ejerciera un hechizo potentísimo sobre mí, y atravesé todos los umbrales prohibidos y desoí todas las alarmas en mi cabeza. Con la destreza de una carterista lo introduje suave pero muy velozmente en el bolsillo de una jardinera de jean que llevaba puesta.

Ese día exhibí una especial falta de habilidad y astucia que me delataron de inmediato: una vez en mi casa no pude resistirme a lucirlo con orgullo en mi mano izquierda. Cuando mi madre se dio cuenta me ahorró el discurso aleccionador, el reto, la penitencia, y todos los castigos imaginables. Sólo me miró fijo y con ojos de decepción me dijo: -mañana lo vas a devolver y vas a pedir perdón.

Al día siguiente fuimos a buscar a la misma cajera del supermercado que nos había atendido la tarde anterior, y cumplí al pie de la letra con las instrucciones bajo la mirada atenta de mi mamá. El esfuerzo que debí hacer para sobreponerme a la vergüenza y a mi timidez constitutiva fue titánico. Los relojes pulsera siguen siendo una debilidad para mí, trato de variarlos y de lucir alguno de acuerdo al atuendo y a mi estado de ánimo: ninguno de los que tengo es rojo.


 

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