El del Colorado, otra vez

El del Colorado, otra vez

No eran videojuegos. Tampoco travesuras de niños en las calles. Contar cuentos y escucharlos era una de las actividades más fascinantes de la niñez. Relatos nuevos y, sobre todo, algunos que se repetían sin que cansen. Experiencias que marcan la vida.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

No era un videojuego -que ya existían-, ni eran sofisticados autos o aviones a control remoto. Tampoco eran, en absoluto, exóticos juguetes importados lo que encantaba, emocionaba, hacía reír, o asustar a los niños de mi Tribu. Lo que preferíamos, siempre, antes que cualquier otra cosa, era un cuento bien narrado, como corresponde. Con voces especiales, atuendos alusivos y efectos sonoros: así como los contaba una de nuestras tías preferidas. La dueña de unos enormes ojos color chocolate y una generosa sonrisa perfecta, asidua visitante de su cara.

Soy una amante de las historias y la lectura, incluso desde antes que la señorita Mirta, a los seis años, me mostrara ese mundo impresionante que se desplegó frente a mis ojos cuando aprendí a leer. En aquel tiempo fui una lectora voraz y desde ese entonces no salgo de mi casa sin un libro, que llevo conmigo donde vaya -incluso aunque piense que no voy a tener tiempo de leer.

La lectura es una actividad que desde siempre me unió a mi hermana-prima más cercana. Desde que aprendimos a descifrar letras, palabras y oraciones esa era nuestra manera de jugar: así pasábamos tardes enteras, en el piso de alguna de las dos casas, cada una con su libro, hasta que nos interrumpía la hora de tomar la leche. Principalmente con ella, de entre todos los integrantes de mi Tribu, nos vinculan todas esas cosas que unen a las familias, pero más todavía el amor desmedido por las historias. Compartimos el deleite por las tribulaciones que atraviesan esos personajes que queremos y extrañamos como a un amigo, cuando terminamos un libro.

Para esa prima y para mí especialmente, pero también para nuestros hermanos, eran una gran fiesta esas tardes en las que la mejor narradora que he escuchado, nos ofrecía contarnos un cuento. Esa cuentacuentos extraordinaria es, justamente, su madre. El olor a pino que perfumaba siempre el jardín de su casa entraba por las ventanas, mientras los espectadores nos ubicábamos en el living.

Nos sentábamos con las piernas cruzadas sobre el piso de cerámica y esperábamos a que ella fuese construyendo gradualmente el clima de la narración. Porque no se conformaba con agarrar un libro y leer un cuento de principio a fin con voz monocorde, claro que no. Buscaba objetos significativos -una varita mágica, un tenedor, una bufanda- que nos mostraba porque la ayudaban a transmitir mejor la historia. Impostaba su voz -como una actriz profesional- para darle vida a los diferentes protagonistas, e improvisaba efectos sonoros en el clímax de los relatos, y en cada momento clave.

Cada uno de esos cuentos, los muy repetidos y los nuevos que se iban sumando, eran una tormenta para nuestros sentidos: tratábamos de anticipar si reiteraría el mismo efecto de sonido o buscaría uno nuevo, o cuál canción mezclaría dentro de la historia. Y estaba ese perfume que usaba ella -Pachulí- que nos encantaba y también nos mareaba un poco.

Esperábamos ansiosos la llegada de monstruos, hadas, conejos desobedientes, madres e hijos que se desencontraban para luego, en el desenlace, reunirse. Nos atropellábamos para adelantarnos con gritos y emoción al desarrollo de historias que ya conocíamos y en las que participábamos completando frases, modificando recorridos de los personajes, e incluso alterando algunos finales, a gusto y conveniencia.

Había una vez...

El hit que no nos cansábamos de pedir, y por suerte ella tampoco de repetir, era uno de la clásica lucha del mal contra el bien, con aventuras involucradas, conflictos que ponían a prueba la destreza de los héroes buenos y que terminaba como muchos de estos clásicos escritos para niños: los malos malísimos fracasaban estrepitosamente y el mundo volvía a estar en orden. En esta historia -que era la favorita de sus hijos pero también de primos y amigos-, con mucha prudencia, ella evitaba mencionar al diablo, antagonista del relato, y, para suavizar su impacto y el miedo que nos podía provocar le llamaba: “el Colorado”. Sin embargo, con su maestría narrativa generaba tanta expectativa por la aparición del malo, y creció tanto ese personaje, que a nosotros nos importaba más él que todo el resto. Cuando llegaba el momento ella hacía silencio y nosotros nos adelantábamos y gritábamos porque ya llegaba “el Colorado”.

La adorábamos, porque esas sesiones de cuentos contados con un cariño inigualable se completaban con juegos de disfraces, para los que su guardarropa estaba a nuestra disposición. Con liviana alegría nos abría la puerta de su vestidor y podíamos usar su ropa o cualquier cosa que hubiese ahí para crear personajes y disfrazarnos. De todos los accesorios posibles mis favoritos eran una capelina azul marino con la que ella parecía una estrella de Hollywood, y un calzador de zapatos largo, de acrílico rojo, que era nuestra mejor espada posible. Un día perfecto en su casa se coronaba con la construcción de carpas y casitas que hacíamos con sábanas y mantas en su jardín, alrededor de un gran pino.

Es la cuarta entre nueve hermanos, la menor de las mujeres mayores. Fue una maestra jardinera muy querida y reverenciada por sus alumnos, pero cuando sintió que no habían suficientes desafíos en su vida encaró una carrera universitaria en la que se destacó. Sus días se dividen entre su amor inconmesurable por el arte y ese talento único para contar historias.

Es una gran cuentacuentos, que minuciosamente adapta historias que la conmueven, cada vez que prepara uno de sus célebres espectáculos -cada tanto hace para el público eso que en nuestra infancia reservaba sólo para nosotros-. No sólo sabe narrar, sino también escuchar con cariño a amigas, hijos y sobrinos: tiene una calidez que es capaz transmitir con una de las caras más expresivas que conozco. Puede contestar a una pregunta con sus ojos, independientemente de las palabras que pronuncian sus labios, y suelta un consejo, una sonrisa y unas lágrimas, todo junto en una misma conversación.

Todavía hoy la emoción se me anuda en la garganta cuando comienza uno de sus relatos. Todavía hoy, cuando escucho las inflexiones de su voz en el desarrollo de uno de sus cuentos, siento el mismo estremecimiento que a los cuatro años.

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