Vacaciones en Chile: la playa que de amarilla no tenía nada

Vacaciones en Chile: la playa que de amarilla no tenía nada

Castillos de arena, un mar bravo y anécdotas inolvidables de las vacaciones en Chile. Un aguafuerte de Martina Funes que ilustra la infancia y juventud de miles de mendocinos que contaban los meses para volver a ir al mar. El primer relato de "La máquina de los recuerdos", una nueva sección de MDZ.

Martina Funes

Por Martina Funes/ tinafunes@gmail.com

Lo primero que llamaba la atención del lugar en el que pasamos la mayoría de nuestros veranos cuando éramos niños era la arena de la playa: un talco negro. Granos finitos y muy oscuros que se metían por todos lados, se fundían con la lycra de los trajes de baño y era muy difícil sacarlos de entre los dedos de los pies. Lo curioso, sin embargo, es que era una playa que presumía de su arena dorada; Amarilla se llamaba.

Claro que esa era una preocupación de las madres. A los niños nos deslumbraban las numerosas posibilidades de diversión exótica que prometía ese lugar de vacaciones. Y es que nuestra tribu, compuesta por un número más o menos variable de primos, tíos, padres y madres, veraneaba casi todos los eneros en Con-Con, en la V Región de Chile, a 8 kilómetros de Viña del Mar.

Para los niños de la tribu, la Playa Amarilla tenía una infinidad de atractivos que hacían absolutamente insuficiente la cantidad de horas que nuestros padres nos llevaban y nos dejaban jugar ahí.

La entretención obvia era moldear la arena en todos sus estados de humedad y por supuesto lograr la cobertura total y conversión inmediata de cada chico en milanesa. Pero también estaba el mar, por supuesto, que era muy peligroso por la bravura de sus olas y sus corrientes, y también extremadamente frío. De más está decir que no le prestábamos atención a la temperatura y éramos absolutamente inconscientes de que su violencia podía lastimarnos.

En el extremo contrario al océano había un paredón de piedras y unas escaleras que conducían a los puestitos de venta de comidas, a los baños y a lo que más nos interesaba a nosotros: los juegos. De todos ellos la estrella eran los taca taca -nuestros metegoles-. Conseguir monedas para comprar las fichas era una obsesión permanente. El tiempo que pasábamos practicando para jugar sin remolinete y las cartas de truco serán protagonistas de un relato posterior, el de la adolescencia en Con-Con, pero los taca taca y los flipper formaban parte del exotismo de los veraneos por los que suspirábamos los otros once meses del año.

Entre las aventuras preferidas de la playa elegíamos escalar las rocas, un lugar que visitábamos puntualmente de lunes a viernes -los fines de semana solíamos pasear por otros pueblitos y costas menos concurridos-. Los dos extremos de la Playa Amarilla estaban flanqueados por grandes rocas apiladas y la excursión a esos lugares era el momento más esperado del día. Nos gustaba especialmente por su nivel de dificultad, porque sabíamos que era más o menos peligroso y queríamos sentirnos grandes pero, sobre todo, por los tesoros que prometía y los que nosotros pensábamos que ocultaba.

El Pacífico en esa zona es especialmente temperamental y había horarios en los que la marea empezaba a subir y la fuerza de las olas sobre las rocas las salpicaba y sumergía a varias de ellas -y tal vez a nosotros con ellas. Como buenos montañeses de Mendoza nos gustaba escalarlas y desde arriba buscábamos huecos y cavernas inundados que el mar dejaba cuando se retiraba. Queríamos descubrir y coleccionar animales marinos: estrellas de mar, erizos, caracoles diversos, cangrejos y alguna vez hasta pudimos ver algunas jaivas que nos dio miedo tocar.

Nuestros días y casi toda la vida en vacaciones giraban en torno a la playa; sin embargo, había otras actividades que también eran sinónimo de verano y diversión. Nuestros padres solían alquilar cabañas en Con-Con, más precisamente en el Bosque de Los Romeros.

Vivíamos rodeados de árboles y nos sumergíamos en el olor a madera, eucaliptus y humedad. Las hojas verdes pero también las secas, la tierra blanda medio arenosa y una gran variedad de flores se convertían en materiales imprescindibles de nuestros juegos. Pasábamos casi todas las horas que no estábamos en la playa buscando palitos que cortábamos prolijamente a la misma altura, formando adoquines de barro, juntando pajitas y diferentes clases de vegetales que nos servían para proyectar y construir casitas, granjas, corrales y fuertes que se transformaban en el refugio de los playmobil, animalitos y juguetes varios.

Todas y cada una de mis vacaciones de adolescente y de adulta remiten inexorablemente a esas de cuando era niña: con sus olores, sus colores, la especial sonoridad que tienen las voces en Chile y el rugido feroz del océano contra las rocas y la playa.

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