El país amanece desnudo y sometido a una interna feroz

El país amanece desnudo y sometido a una interna feroz

De nuevo sin ministro de Economía. Massa protagoniza pero aún no definen nueva estructura. La demanda de los gobernadores a Alberto Fernández fue en el lenguaje más duro que se pueda imaginar. La economía en jaque y la interna con Cristina lejos de encontrar algo de calma. Así comienza hoy el día.

Rubén Rabanal

Rubén Rabanal

Cuando hoy abran los bancos, en la República Argentina nadie sabrá a ciencia cierta quién es el ministro de Economía. Es la peor señal que puede tener el mundo económico, y en especial en este país, donde desde hace demasiado tiempo se espera una señal de gobernabilidad. Hace 26 días, el sábado 2 de julio, comenzó una crisis (que venía cantada) con la salida de Martín Guzmán del ministerio de Economía. Fue un cambio imprevisto, desprolijo, anticipado, sin la atención previa que debió darle Alberto Fernández y envuelto en una interna feroz con Cristina Fernández de Kirchner y sus seguidores. Silvina Batakis apareció como solución al final de una lista de candidatos que le rechazaron la oferta al presidente. Hubo un acuerdo precario y Cristina dio el sí para su nombramiento. Desde ese mismo día, aunque muchos preferían negarlo, comenzó el proceso de demolición de Batakis por parte de ese kirchnerismo duro.

Cristina Fernández de Kirchner se caracterizó siempre, igual que su marido, por intentar evadir cualquier costo político asociado con la gobernabilidad. Esta no iba a ser la excepción. En lugar de marchar a refugiarse al sur, Cristina eligió el silencio por unos días y luego comenzaron los mensajes cruzados; más cuando la ministra dio señales sobre lo que pretendía de la economía: marchar como sea al equilibrio fiscal, cortar el crecimiento del gasto público que estaba desbocado en la era Guzmán (creció 90% en un año) y cumplir las metas con el FMI. En Washington, a pesar de las críticas que algunos banqueros hicieron sobre su presentación, repitió más o menos las mismas promesas.

Para ese momento la corta historia de la ministra parecía comenzar a terminar. Ayer. mientras Batakis volaba a 10.000 metros de altura desde los Estados Unidos hacia la Argentina se estaba jugando su futuro en el ministerio en medio de un récord: solo 22 días en el cargo, sin que el mercado le hubiera dejado uno solo de descanso. Los vuelos pueden ser de mal augurio para los ministros de Economía de este país. 

Batakis regresa al país tras su encuentro con el FMI.

El dólar le dio la espalda durante todo su mandato. Desde el 2 de julio hasta ayer el blue sumó $100 hasta llegar a $345 y retroceder solo a $326. En materia de costo del dinero por el riesgo de mercado, las cosas no fueron mejor: ayer el ministerio de Economía captó fondos por $514.805 millones y debió convalidar una tasa superior a 70%. Sobre todos esos números sobrevuela un hecho mucho más peligroso: Batakis, con sus debilidades, es víctima también del principal problema que tiene el país como es la ausencia total de determinación y toma de decisiones por parte de Alberto Fernández

Ese proceso ayer hizo eclosión con el regreso a escena de la primera opción que la propia Cristina Fernández de Kirchner había llegado a aceptar tras la salida de Guzmán, aunque como un remedio amargo: la asunción de Sergio Massa como autoridad máxima en materia de Economía. Nunca un Gobierno pasó tanto tiempo sin definir ministro y menos que esa crisis incluyera una escala intermedia como la que comenzó ayer y que aún no tiene final cantado.

Hoy no habrá ministro de Economía, o mejor dicho, el mercado ya sabe que Batakis seguramente no seguirá en su cargo; Massa quiere el puesto y la botonera de control completa; Alberto, una vez más, no se decide y prolonga; Cristina sigue con furia desatada por sus temas personales que poco tienen que ver con la economía, pero sabe que el abismo está muy cerca si el Gobierno no controla la situación. Demasiados peligros como para que la irresponsabilidad del Frente de Todos prolongue esta situación sin que se sepa hasta cuándo. A pesar de eso, anoche todo el proceso de cambio en el Gabinete quedó en suspenso.

Massa desminitó su arribo al ministerio de Economía.

Tampoco tiene registro previo en la historia reciente una reunión como la que Alberto Fernández mantuvo ayer con un grupo de gobernadores peronistas. La presión de los caciques provinciales fue mayor. Venían de una reunión en el Consejo Federal de Inversiones, búnker donde los gobernadores se reúnen para unificar posturas frente a la Nación y fueron a la Casa Rosada "invitados" por el presidente. Hubo un reclamo inicial que puso a Alberto Fernández contra las cuerdas: le pidieron retomar una agenda de Gobierno activa. En definitiva, le exigieron que gobierne.

La presión incluyó un capítulo extra sobre la política del kirchnerismo en la calle. "Nos piden que apoyemos y hagamos política y ustedes alimentan a piqueteros y movimientos sociales para que acosen al Gobierno", le lanzaron a Alberto. Saben que los mensajes desaforados de Juan Grabois y las protestas contra el campo, como la anunciada en las puertas de la Rural para este sábado, pueden llevar la situación de violencia a límites sin retorno. Hubo, además, una exigencia directa a enderezar la economía como fuera y sin más dislates. Para ese momento el massismo ya alimentaba versiones de todos los colores, aunque Massa a la noche vía Twitter se encargara de desmentirlas o, mejor dicho, demorarlas. El lenguaje, juran los presentes, fue de una dureza nunca escuchada. 

Los gobernadores le recordaron al presidente que el Gobierno gasta balas sin tener en claro ni siquiera a qué blanco apuntar. Dos dólares alternativos, para turistas y para el campo, se anunciaron en menos de una semana y quedaron liquidados debajo de la ausencia total de confianza que muestra el Gobierno. Solo una reestructuración completa del Gabinete podría intentar enderezar semejante crisis. Tampoco queda claro que una reforma de ese nivel, como la que se pretende con Massa a la cabeza y Manzur equilibrando poder de los gobernadores, pueda cambiar el sentido del viento que alimenta esta crisis. 

La foto que cerró ese encuentro fue casi una editorial de lo que sucedió en la reunión y en el día. Alberto Fernández, aparece parado en el medio, sin expresar alegría alguna. A su lado Juan Manzur ratifica su lugar en el mundo kirchnerista con una sonrisa de oreja a oreja, una mano sobre el hombro del presidente (gesto clásico de dominación que debería haber evitado) y la otra sosteniendo a Alicia Kirchner. En una punta Jorge Capitanich ríe sin problemas debajo de su tapabocas y en la otra Axel Kicillof no festeja nada.

Con esas caras y sin tener precisión alguna sobre su futuro los argentinos se fueron a dormir anoche. Hoy el Gobierno debería encontrar la manera de darles una respuesta. 

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