El arma más letal de Putin no son las balas, Alberto no lo entendió

El arma más letal de Putin no son las balas, Alberto no lo entendió

El mundo declaró una alerta esta semana por el hambre que se multiplica. Argentina no parece entender lo que sucede y mucho menos aprovechar la oportunidad.

Rubén Rabanal

Rubén Rabanal

El jueves pasado sesionó en Nueva York el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La reunión fue presidida por Antonio Guterres, el Secretario General. Hasta aquí no aparecen demasiadas novedades salvo por un detalle esencial: la sesión del Consejo no tenía esta vez en agenda discutir puntualmente sanciones a Rusia por la invasión a Ucrania o alguna otra emergencia en el mundo. El temario allí fue excluyente: la explosión repentina de una suerte de epidemia del hambre en el globo.

Está claro que el proceso tiene ahora un antecedente directo que es la guerra por la invasión de Rusia, pero las consecuencias ya se están confirmando como devastadoras. Lo supo siempre Vladimir Putin al decidir iniciar una guerra sangrienta propia del siglo pasado e impensada en este. Y también lo entendió rápidamente  el ucraniano Volodímir Zelenski cuando ordenó no parar la producción granaria de su país a cualquier costo. El rol de ambos países en el sistema de alimentación mundial surge evidente en cuanto se analizan los números: es Argentina y su gobierno los que no lo entienden, mucho menos cómo deberían aprovecharlo, y qué rol le cabe al país si quiere jugar dentro del mundo en el futuro.

Guterres explicó sin anestesia en la reunión del Consejo de Seguridad que casi el 60% de la población desnutrida del mundo vive en zonas afectadas por conflictos. El debate sobre conflictos y seguridad alimentaria había sido convocado por Estados Unidos. La sentencia final del Secretario General de la ONU allí hasta puede considerarse llena de sentido práctico mas allá de lo humano: "Alimentar a los hambrientos significa invertir en paz y seguridad".

Vale la pena bucear en los números que The Economist mostró esta semana para entender el alerta que se lanzó desde la ONU. Rusia y Ucrania son dos de los mayores productores de granos del mundo. Juntos proveen el 29 % del trigo global, 29% de la cebada, 15% del maíz y 75% del aceite de girasol.  Ambos países juntos proveen el 50 % de todos los granos que consume Medio Oriente. Más datos que producen pánico: Rusia y Ucrania producen las calorías para alimentar a 400 millones de personas. En otra visión: 12 % de las calorías que consume el mundo salen de allí. Y buena parte de esa producción quedó frenada cuando Moscú ordenó bloquear el puerto de Odessa. Las personas con seguridad alimentaria no garantizada, tal la denominación técnica de la ONU, saltaron durante esta crisis de 440 millones a 1600 millones. Argentina, para entender el problema, juega en el club de exportadores mundiales y de ahí que debería interesarle más la oportunidad.

La crisis, creen todos, se pondrá peor y los alimentos serán cada vez más escasos. Esto es lo que dice Naciones Unidas y la realidad le da la razón. Argentina optó hasta ahora por otro camino. Tanto el ala albertista como la cristinista del gobierno siguen insistiendo en la política de complicar la producción de granos y subir retenciones como herramienta para cuidar "la mesa de los Argentinos", un concepto que la realidad de los precios locales ya mostró que esta vacío. Para colmo esa línea de razonamiento ideológico tuvo la semana pasada una impensable ayuda internacional: India decidió suspender sus exportaciones de trigo para protegerse de la suba internacional de precios producto de la guerra, casi un argumento kirchnerista, podría decirse, si no fuera porque las realidades de ambos países son bien distintas. 

India tiene hoy temor a. no poder alimentar a su población, estimada de 1400 millones de habitantes. No está claro ya si supera a China o no. Como exportador de trigo está casi 50 % por debajo de la Argentina en volumen y no está considerado un proveedor esencial de cereales y sus subproductos al mundo, como sí lo es Argentina. Nosotros, además, podremos discutir sobre el impacto de la guerra en los precios de la alimentación, más allá de la inflación galopante que nos domina y que es absolutamente previa a la invasión a Ucrania. Resulta complejo tener que aclarar esto último en una nota, pero quizás hace falta a la luz del relato actual del gobierno. El mismo relato que obvia el carácter de exportador neto de alimentos del un país como el nuestro que hoy está perdiendo la oportunidad de ser parte de la solución al problema que planteó esta semana la ONU y hasta aprovecharlo comercialmente.

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