Don Toribio: el escándalo del anciano que puso a todo un pueblo en vilo

Don Toribio: el escándalo del anciano que puso a todo un pueblo en vilo

Un hombre del que nadie sabía nada y una vecina que descubre a través de su ventana movimientos extraños en la casa de enfrente y la vinculación con la Parroquia del pueblo.

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Don Toribio vive en el pueblo desde que el pueblo es pueblo. Desde antes de que llegara el cableado de luz y de que el tren y cualquier iniciativa de progreso dejaran de pasar por ahí. Nadie sabe bien cómo llegó, ni con quién. No se sabe si alguna vez su casa tuvo un jardín verde o paredes sin descascarar. No se sabe si amó o fue amado. Jamás se ha visto a nadie tocar su puerta, excepto los niños por alguna picardía, a los que Don Toribio ahuyenta con sólo entreabrir la cortina mirándolos inmóvil.

Se lo ve salir únicamente por sus compras que nunca cambian de las pocas cosas de siempre. Una lista sin ningún placer o gusto especial.

Sólo Eusebia, la vecina de enfrente, sabe algo de su vida. Desde su ventana consigue entretenerse más que con cualquier show de televisión haciendo de la apática existencia de Don Toribio su programa favorito. Eusebia sabe que él enciende la primera luz a las 6 y otra media hora más tarde, que se sienta cerca de la vereda antes de que aclare el día y que al mediodía cierra todas las cortinas.

Los dos vecinos han cruzado alguna mirada de ventana a ventana, él intentando amedrentarla con su poca amabilidad, ella buscando detrás de él algo que descubra más de su enigmática vida. Es que de él nada se sabe. Sólo que ya ha pasado los 80, que tiene un pasado oculto y que no es amigo de compartir nada. Se ha negado siempre a colaborar con el centro de jubilados, con la colecta navideña y con cualquier mendigo que ose tocar su puerta; una contradicción con su asistencia perfecta a la parroquia todos los domingos.

Esas mañanas dominicales Don Toribio sale de su casa de un modo diferente. Enfundado en su anacrónico traje marrón con su camisa labrada que plancha, como bien sabe Eusebia, junto a la ventana antes de salir. Don Toribio se ubica siempre al final de la fila de bancos, alejado de todos los fieles y, en silencio, espera el único contacto visual que tiene con otra persona en toda la semana: el momento de la limosna. Sólo en ese instante de caridad él levanta la vista y mira a Marta, la eterna colaboradora parroquial, una mujer entregada a la fe y aparentemente alejada de cualquier tentación mundana. Don Toribio la mira con una intención que Eusebia no puede descifrar mientras se da vuelta desde su banco más adelante. Aunque alcanza a divisar que él coloca en esa bolsa de tela un generoso billete que saca del bolsillo derecho de su saco, y a Marta notoriamente incomoda, culposa tal vez por tanta generosidad de alguien que no es querido en la comunidad. Ella, sistemáticamente, esquiva la mirada de Toribio, continúa la colecta y vuelve al altar con la cabeza gacha y su tranco corto y rápido. Enseguida, deja la bolsa al costado de su asiento y se arrodilla cubriéndose la cara con las manos.

Eusebia no ha podido dejar de ocuparse del asunto desde la primera vez que observó esta actitud en la colecta. Se demora en salir cuando la misa termina para mirar a Marta que se queda arrodillada, refugiada en sus pensamientos hasta presumir que todos se han marchado. Pero Don Toribio no deja de acercarse hacia ella, con su paso lento, agachándose con dificultad y comentándole algo mientras le señala la diezma del día. Marta sin levantar la cabeza se persigna dos veces y vuelve a entrelazar sus manos sobre su cara.

¿Qué hay entre la intachable Marta, ese hombre despreciable y la limosna del Domingo?, piensa Eusebia mientras ve a Don Toribio retirarse con una sonrisa extraña, tal cual sonríe un amenazador ante su víctima.

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