El vino de culto mendocino que no se vende: un broche de oro a una vida entregada a la enología

El vino de culto mendocino que no se vende: un broche de oro a una vida entregada a la enología

Adriano Senetiner celebró sus 85 años elaborando un último vino: un Carménère que da que hablar por sus notas de cata, su nombre y el contexto en el que fue creado. Solo hay 1500 botellas para familiares y amigos; en forma de agasajo. En la nota, los pormenores de un vino y una vida apasionantes.

Federico Croce

Federico Croce

Sin lugar a dudas, Él es uno de los caballeros más importantes de la historia del vino mendocino. Es que, para cualquiera que conozca medianamente sobre los vinos de este nuevo mundo, sobre la evolución de esta industria en nuestra provincia, escuchar que se anuncia el nombre de Adriano Senetiner en algún recinto, en algún evento, tiene una respuesta automática, que es casi un reflejo: dar vuelta la cabeza y mirar a ese italiano, a su gallardía y a su prestancia con respeto y admiración. 

Ya el apellido de este parmesano está unido para siempre a la historia vitivinícola argentina. Adriano fue el fundador de la bodega Nieto & Senetiner; una casa vitivinícola con la que todavía erróneamente muchos lo identifican; pero que vendió en el año 2000 al Grupo Pérez Companc. En ese entonces ya estaba trabajando en Viniterra, su siguiente creación.

"El primer vino que hice fue en Maipú, y fue en 1958. De esa vendimia recuerdo que fue muy buena, que era ya primer enólogo, y que vendimos toda la producción a granel y a precios récord. En ese tiempo el vino que se hacía en Mendoza era a granel", comienza contando Adriano en el living de su hogar, donde recibió a MDZ a propósito de la presentación de una joya: su último vino, que no se venderá, sino que serán pocos y exclusivos los paladares que podrán degustarlo. 

El hombre llegó niño a nuestra tierra: tenía 14 años cuando, sin saber demasiado, viajó a este lugar tan al sur al cual su padre había decidido que se mudaran junto a otros 18 integrantes de su familia luego de la Segunda Guerra Mundial.  "Estoy feliz de hacer este vino en Mendoza: porque es mi segunda patria. Hay un dicho que dice que la patria de uno es aquella en donde se nace, pero también aquella en donde uno entierra a sus seres queridos. Estoy atado a esta tierra", dice Senetiner.

"En esta provincia participé siempre activamente de la vida enológica, a través del Centro de Bodegueros de Mendoza, que presidí en los períodos 1976-83 y 1989-92", cuenta. Adriano en ese entonces fue considerado uno de los protagonistas e impulsores de la reconversión tecnológica y de la evolución conceptual de los productos vitivinícolas locales, propulsando etiquetas con identidad y potencial de guarda. "Quise cerrar mi historia en la enología haciendo un vino de lujo", explica el enólogo. 

Un vino de culto

La historia plasmada en la etiqueta de este vino ya es emocionante, y tiene la virtud de resumir en pocas oraciones la esencia y el espíritu del elixir que la botella contiene. "Éste vino cuenta parte de mi historia. La cepa Carménère me ha acompañado siempre, tal vez antes de que yo mismo lo supiera. Su origen se remonta al imperio romano, como el mío. Ella desde Francia y yo desde Italia atravesamos un océano para echar raíces en un terroir que nos adoptaría y amansaría. Ya afincado en la Argentina, en el año 2000 me anime a invitarla a cruzar, por primera vez, la cordillera. Ella, como yo, se adaptó", escribe Senetiner en primera persona.

"Siempre me atreví a la innovación, jamás dejé de valorar la tradición. En homenaje a la variedad, vinifico está única parcela y la embotello en cuarto menguante, ritual que reservo para mis mejores vinos. El resultado es un vino brioso, intenso, elegante y confío que de larga vejez. Cualquier similitud con mi personalidad es mera coincidencia. Éste vino es mi legado: Ecco qui il mio lavoro", cierra el texto.

La singularidad de este vino está dada, en primer lugar, por la cepa elegida. Como en la explicación anterior se detalla, es un Carménère: variedad francesa que grandes enólogos eligen por su elegancia y que todavía es incipiente su producción en la Argentina; no así en Chile, donde se ha hecho famosa.

"En nuestro país se cultivan y se vinifican más de cien variedades de uva. Sabemos que en Mendoza, la uva Malbec se impuso por sus características; como las cualidades especiales de nuestro clima y nuestro suelo, las particularidades genéticas de las plantas, las amplitudes térmicas, los modos en que se maneja el viñedo y las formas de elaboración. Todo esto, entre otras cosas, hicieron que nuestros Malbec fueran soberbios y se les otorgue el reconocimiento nacional e internacional", dice Senetiner.

Sin embargo, no fue esta cepa la elegida por Adriano para hacer su última obra. "Acabo de cumplir 85 años, y se me ocurrió la idea de aplicar toda mi experiencia (de más de 65 años) para crear el último vino de mi vida y agasajar con él a familiares, amigos y afectos. No estará en venta y no pienso hacer otro más", asegura.

"Tengo cinco hectáreas de uva Carménère en Luján de Cuyo. Son viñedos de Alto Agrelo cuyos cepajes fueron importados de Italia; que todos los años religiosamente vendo. La uva siempre es cortada con Cabernet Franc. Esta vez separé especialmente una parte para hacer estas 1500 botellas únicas".

La botella es muy particular: sobria y al mismo tiempo importante. En la etiqueta vemos a un busto del emperador Adriano, en una suerte de paralelismo con su tocayo. Lo acompaña una cita del célebre monarca: "Mínima alma mía, blanda y errante, huésped y amiga de mi cuerpo. Descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño". "Debo nombrar a Milagros Estornell Zunino, a José Ponce y a Cecilia Zunino, mi esposa, como los colaboradores directos de este proyecto", agrega.  

"El vino fue embotellado en el 2019, en cuarto de luna menguante, una práctica enológica que utilizaban mucho los romanos. En el tiempo muchos la continuaron, sin dejar que se pierda, tanto en la enología como en la horticultura. Fueron los antiguos romanos quienes llevaron la cepa a Francia, y luego allí se multiplicó. El Carménère era, de hecho, la cepa preferida del emperador Adriano; quien era además cultor del dios Sol. Esta última característica del emperador marca también un paralelismo con mi vida: ¡Cuántos años pasé al sol, haciendo vino! Además, y como todo tiene que ver con todo, el Carménère es una uva que necesita mucho sol para aprovecharla en su máxima expresión. La cepa es temprana en la brotación y tardía en la madurez".  

En alguna nota supo decir Adriano que, a pesar de vivir en el lugar que es la tierra del Malbec, apostó por el Carménère porque es de alta gama y porque "en su momento con una botella de esa uva conquisté a mi mujer, Cecilia (risas)".

"Siempre quedó en mi memoria el Carménère de Italia, y siempre pensé que es una variedad tinta muy interesante para un clima desértico como el nuestro, con la ventaja adicional de que aquí podemos cosecharla hasta tres semanas antes que al otro lado de la Cordillera, donde lo hacen a mediados de mayo dado su extenso ciclo vegetativo".

La palabra de Cecilia Zunino, su esposa

"El año pasado este proyecto lo estimuló sobremanera. El nombre del vino, 'Adriano', lo sugirió el médico Roberto Furnari, gran amigo de nuestra familia. De hecho durante todo el año fue Roberto quien lo motivó y siempre le hacía preguntas del estilo 'Contame cómo anda el vino', 'Cuando probamos el vino', etc. En marzo de este año, cuando mi hija Milagros y Javier vinieron de Madrid, yo le llevé las botellas y ella, que tiene mucha experiencia también en el mundo del vino y tiene una gran comunicación vitivinícola con Adriano, se emocionó y lo describió al instante. Mili interpretó los deseos de Adriano en cuanto a la etiqueta, y el sueño se hizo realidad", nos relata Cecilia Zunino, su esposa.   

"El quería regalárselo a sus amigos el día de su cumpleaños número 85, que fue el 18 de agosto... pero la pandemia nos alteró los planes. Entonces pensé que la mejor manera de agasajarlo fuera que cada amigo recibiera, ese día, una botella en sus casas, y pudiera brindar en su nombre, con un envoltorio especial", cierra Ceci.

Milagros Estornell Zunino: una hija del corazón

"Adriano es el papá que me regaló el destino. A través de él me enamoré del vino... y gracias a él aprendí a descifrarlo", dice Milagros Estornell Zunino desde España, con quien nos comunicamos para que nos deje su impresión.

"El vino 'Adriano' es un proyecto que sintetiza su recorrido y condensa su esencia. Ha sido un orgullo poder traducir años de experiencia y sabiduría en una etiqueta que intenta transmitir todo lo que él representa, no solo para el mundo del vino, en el que naturalmente supo brillar, sino para mi mundo y el lugar que supo ocupar", explica la joven.

A la hora de elaborar una ficha técnica, Mili nos dice que "el color es rojo violáceo intenso. La nariz es dulce, elegante. Siento compota de ciruelas, frutas negras, notas de vainilla, chocolate y aromas especiados. En boca es redondo, elegante y largo. Hay una linda acidez y taninos aterciopelados. ¡Es un vino que está a otro nivel, y va a mejorar con los años!". De hecho, Milagros le escribió a Adriano en una pequeña carta una afirmación contundente: "Es un vino que merece llevar tu nombre".

El broche de oro para una vida apasionada

Hace años, en una entrevista que Adriano concedió a El Cronista Comercial, le preguntaron que le había enseñado el trabajo en el viñedo para la vida. Senetiner aún hoy sostiene la misma contestación: "Que somos un hilito que crece desde una estaca hasta que llegamos a la edad productiva. Claramente, los primeros tiempos no son de tanta calidad como a medida que pasan los años. Pero si fuéramos un poco menos ansiosos y más visionarios, veríamos que la madurez es el mejor premio de la espera".

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